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Viejas novedades, nuevas tradiciones y rebeldías conservadoras

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06.06.2026

Una de las tensiones fundantes de lo educativo es la que piensa a la escuela como un espacio de conservación y al mismo tiempo de renovación de la cultura y la sociedad. Me propongo en este ensayo recorrer algunas observaciones acerca de los significados educativos de estos polos (a menudo disfrazados de tradición y novedad) en diálogo con los idearios de la izquierda y la derecha políticas, toda vez que uno de los contrastes clásicos en esa dicotomía política tiene que ver con las posiciones más conservadoras y más renovadoras. Pretendo así poner a conversar ambas oposiciones (conservadurismo y reformismo, izquierda y derecha) desde un ángulo pedagógico. Este artículo retoma el hilo de un texto predecesor, dedicado a abrir la pregunta: ¿Qué significa hoy pensar la educación desde la izquierda?.1 La idea es, como se dijo allí, repasar algunas pistas para enriquecer un enfoque de izquierda en educación, situado en esta precisa coyuntura histórica en la que las nuevas derechas parecen haber instalado en el sentido común de vastos sectores de la sociedad algunas de sus ideas.

Tal vez haya que comenzar por decir lo obvio: las escuelas son, a la vez, lugares donde la sociedad se reproduce (en el sentido clásico de la reproducción social, y en el sentido bourdieano de la reproducción de las desigualdades sociales por la escolarización) pero también donde se crean nuevos sentidos para la vida social. Al ser la institución por excelencia donde se reúnen las generaciones, su misión esencial tiene que ver con el encuentro de lo viejo y lo nuevo. No se puede educar sin ser un poco conservador y a la vez un poco renovador. No se puede enseñar sin ser al mismo tiempo amigo de las tradiciones y de las novedades. La popular cita de Hannah Arendt acerca de esta doble dirección de lo educativo, en clave de conservación y renovación, suele citarse para ilustrar esta idea. La educación, dice Arendt, “es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos, sería inevitable”. Y añade que

“también la educación es donde decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común”.2

Aparece allí la idea de conservación, donde la educación es el lugar donde preparamos a los recién llegados para que cuiden el mundo, para que lo respeten, para que no lo destruyan, y aparece inmediatamente la idea complementaria, donde lo educativo consiste en abrir a los nuevos las puertas del mundo para que lo sigan significando de nuevas maneras, para que no deje de ser un mundo vivo. Conservar y renovar son ideas que conviven en cualquier definición de educación. Para Estanislao Antelo (por mencionar una cita famosa y bella que hemos usado mucho en las clases de Pedagogía), la educación refiere al conjunto de operaciones históricas tendientes a la acogida, cuidado y formación del cachorro humano, por medio de la transmisión más o menos ordenada de conocimientos que han de servir para orientarse en el mundo.3 Conforme el mundo cambia, los medios para orientarse en él cambian también. Nuevamente, vemos allí una dinámica entre conservación y transformación.

Semblantes de la rebeldía: militantes y trolls

¿Cómo se une esta dualidad con aquella otra conformada por los significantes ‘izquierda’ y ‘derecha’? Históricamente, claro, la derecha ha sido identificada con la conservación y la izquierda con el cambio. La idea de rebelión (que da título a esta revista), representada en las revueltas estudiantiles, los estallidos populares, las luchas feministas y raciales, ha tenido muchas veces como protagonistas a los jóvenes, y especialmente a los estudiantes y trabajadores. En el imaginario social, además, típicamente los jóvenes son de izquierda y los viejos de derecha. Nuestros días ponen en duda esta ecuación, al presentarnos a una generación de jóvenes que parece identificarse en alguna medida con los movimientos más conservadores, en su falso semblante de cambio y renovación. En Argentina, el libro de Pablo Stefanoni ¿La rebeldía se volvió de derecha? contribuyó a tematizar tempranamente este fenómeno, poniéndolo en diálogo con los análisis de Francis Fukuyama, Slavoj Žižek, Mark Fisher, entre otros. La idea de que “la rebeldía se volvió de derecha” se refiere a una idea del sentido común. El subtítulo del libro de Stefanoni, de hecho, es: “Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio)”.4

Algo es evidente: no es que la rebeldía se haya vuelto de derecha, por supuesto. Es bastante sencillo mostrar que lo que la derecha despierta en sus seguidores no es un acto de rebeldía, por una razón simple y obvia: un espíritu rebelde tiene por cualidad central situarse en resistencia respecto de un poder hegemónico. Más allá de cualquier polisemia de los términos, una invariante clara es que la izquierda está del lado opuesto a la hegemonía. Sin embargo, el sentimiento de rebeldía como conductor de comportamientos sociales parece estar siendo captado por los grupos más conservadores, que hacen de la estética y el discurso rebelde (que sigue siendo atractivo para los jóvenes) una bandera.

Digámoslo con ejemplos. Los pueblos originarios se pueden rebelar contra el colonialismo, pero el colonialismo no se puede rebelar contra los pueblos........

© Rebelión