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Basta de insultos e injusticias

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01.10.2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A 200 años de vida independiente, la patria nos convoca nuevamente a la concordia, a la unión de todos los mexicanos, sin distinciones, para restaurar alma, identidad y destino. Ya basta de enconos y discordias, de odios y divisiones, de insultos y bajezas, de injusticias sociales, de concentraciones brutales de riqueza y poder, de violencia y muerte, de racismo, indiferencia y mezquindad, de frivolidad y vanidades en medio de crisis decisivas.

¡Que la nación y el orbe recobren la cordura para que vuelvan a saber ver! ¡Que la patria y el mundo se conmuevan y compadezcan de los desdichados!

Esos desdichados de los que habla Simone Weil. Ella, la filósofa, la obrera, la miliciana, la judía-francesa conversa a un catolicismo de fuego, la que se sumó a la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, la mística que murió famélica a los 34 años en agosto de 1943. Ella, de quien dijo Albert Camus: "El único gran espíritu de nuestro tiempo".

Para Weil, la desdicha, a diferencia del dolor, no equivale a un estado anímico, sino a aquello que pulveriza el alma, "por la brutalidad mecánica de las circunstancias". Y frente al rostro de la desdicha, el pensamiento huye despavorido y se refugia en la mentira de la indiferencia, de la comodidad, del egoísmo.

Y en contraste, Simone Weil enseña que el benefactor en presencia del desdichado, no palpa distancia alguna entre él y la persona pulverizada en su personalidad. El benefactor hace algo distinto a vestir, alimentar, levantar del polvo o amparar al desdichado. Al proyectar su propio ser en el que socorre, le da por un instante algo de lo que ha sido privado por la desdicha: una existencia propia que le hace salir por un momento del anonimato, de ¡la desdicha misma!, dice Weil.

Ese proyectarse significa para la obrera mística y sabia, asumir por un momento la desdicha del otro; significa, "tomar voluntariamente aquello cuya esencia misma consiste en ser impuesto por la fuerza". Únicamente Cristo, y las personas "cuya alma está ocupada enteramente por Cristo, pueden hacerlo", afirma Weil, sin condicionamientos.

Ni el mayor de los santos se complace en la desdicha, sencillamente consiente en ella o se compadece de la del otro. Y de manera sublime escribe Simone: "Habría sido preciso otro Cristo para compadecerse del Cristo desdichado"; y sin embargo, estaba allí en la hora suprema de la historia, de pie junto a la Cruz, María, la humilde y obediente sierva y Madre admirable, la cumbre de la creación.

En esta época nihilista, frívola a pesar de las catástrofes virales, ambientales, humanitarias, sociales, desconciertan las palabras de Weil, pero a la vez inundan de luz las sombras del presente. Y con clarividencia señaló Weil: desde el alba de la historia, nunca, salvo ciertos momentos de la Roma imperial, había estado Cristo tan ausente, como en mi tiempo. Y ahora, más que........

© Proceso


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