Algo optimista

Confieso que fui al cine con pocas expectativas, pero salí con algo que no recordaba bien cómo se sentía: la esperanza. No la esperanza solemne de los discursos políticos ni la de un manual de autoayuda, sino algo más modesto y genuino. La sensación de que quizás, solo quizás, las cosas pueden salir bien.

Project Hail Mary o Proyecto fin del mundo —la adaptación de la novela de Andy Weir que llegó a los cines a finales de marzo— cuenta la historia de Ryland Grace, un biólogo molecular que despierta solo en una nave espacial, sin recordar cómo llegó ahí, y descubre poco a poco que fue enviado en una misión casi suicida para salvar a la Tierra de la extinción. El villano no es un dictador ni un algoritmo ni un magnate tecnológico, sino un microorganismo que se alimenta de energía solar y está apagando el Sol.

Ley de ciencia: ¿Constitucional?

Arte y ciencia: la réplica de fósiles para la divulgación científica en México

“Itu ninu (Cumbres de maíz)”, ciencia ficción en mixteco e inglés sobre migrantes y cambio climático

Lo que sigue es ciencia ficción en su versión más optimista. Un héroe (muy) involuntario que resuelve problemas con método, paciencia y humor; un alien —Rocky— que resulta ser no sólo inofensivo, sino también entrañable, y cuya civilización enfrenta exactamente el mismo problema que la nuestra. Una cooperación entre especies que nace no de la ideología, sino de la necesidad compartida y de la curiosidad mutua. La película tiene sus imprecisiones, abrevia lo que la novela desarrolla con más calma y hay momentos en que se inclina más hacia Disney que hacia la ciencia ficción dura. No importa. Es encantadora de todas formas.

El aspecto más optimista de la historia es el arma con la que nuestro héroe se enfrenta al desafío. Ryland Grace no tiene superpoderes ni entrenamiento militar, sino conocimiento. Física, química, biología, matemáticas. La herramienta con la que resuelve cada........

© Proceso