CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La política exterior de Francia ha atraído la atención por todas partes; muy recientemente dio su visto bueno al controvertido ingreso de Finlandia y Suecia a la OTAN, algo contrario a la idea de Putin de evitar que todos los países nórdicos estuvieran en la organización erigiendo un dique que él ve y, desde luego, merma sus influencias en la zona. El asunto no ha sido fácil porque la primera ministra socialdemócrata de Suecia, Magdalena Andersson, sostuvo que dicha alianza empeoraría la seguridad en la zona. Con las presiones europeas se fue deslizando hacia la aceptación de la posibilidad del ingreso cuando cambiaron los vientos y hasta los ciudadanos convocados a responder encuestas en los dos países se mostraron de acuerdo. Y para entender la complicada maniobra realizada por los países occidentales, ya Turquía había aceptado a Finlandia en dicha organización, condicionando su voto a que se le permita actuar contra sus enemigos kurdos que han encontrado refugio en ese país.

El juego es difícil y Francia extiende su influencia y se protege. El mes pasado fue muy intenso para el presidente francés, Emmanuel Macron, porque se dedicó a tratar de primera mano su relación con el Medio Oriente. En el comienzo del mes, recibió al primer ministro interino de Israel, Naftali Bennet. El 18 recibió a su más próximo aliado, Mohammad ben Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes. Días más tarde estuvo con Mahmoud Abbas, el presidente de la Autoridad Palestina, quien lo hace ver como liberal incluyente dispuesto a la negociación. Luego se reunió con el presidente de Egipto, Abdel Fattah al-Sissi, y el 22 de julio con el príncipe heredero saudita, Mohamad ben Salmane. Y casi al final del mes, el 23 de julio, se reunió con Ebrahim Raïssi, el presidente de Israel.

También ha sido constante y muy conocida su actuación para que Líbano salga del atolladero en que se encuentra y desarrolle un programa económico y político para evitar el colapso al que lo ha llevado la corrupción y la ineptitud de su clase política, sus beligerantes líderes religiosos y Hezbolá con el rechazo que provoca fuera del país y su inclusión en la lista de terroristas de Estados Unidos. Incluso el presidente francés ha afirmado de forma drástica en un par de ocasiones que hará lo posible para evitar la desaparición de Líbano. Entre sus expresiones de apoyo, nadie olvida que luego de las explosiones del 4 de agosto de 2020 en el puerto de Beirut, se adelantó a las autoridades libanesas al presentarse en el lugar de los hechos cuando no se extinguían aún los rescoldos del incendio. Sin embargo, no es suficiente para resolver la difícil situación en la que se encuentra ese país tan cercano históricamente a Francia, con un porcentaje considerable de población cristiana y el único que mantiene la francofonía como uno de sus rasgos culturales.

De la intensa actividad del mes de julio que alguien calificó como el ballet diplomático de Macron, quedaron claros dos objetivos: estrechar alianzas oponiéndose a un acuerdo nuclear con Irán y buscar la salvaguarda de los hidrocarburos relacionados con la guerra en Ucrania, si se sabe que para Francia y Europa es indispensable el 45% proveniente de Rusia. Además de todo lo que puede proveer Ucrania.

La visita de Estado de Mohammad ben Zayed Al Nahyan a París ha posibilitado la firma de un acuerdo entre Total Energies y la compañía petrolera ADNOC para asegurar el aprovisionamiento de diésel. La corte diplomática de Macron comenzó desde el año pasado, cuando en julio de 2021 le ofreció una cena en el Palacio de Versalles; ahí trataron varios aspectos de la cooperación y quedó en el registro que el emiratí lo llamó “querido amigo Macron”. Asimismo, el presidente francés busca convencer al controvertido Mohammad ben Salmene a aumentar la producción petrolera para abaratar los precios, con un margen de maniobra con Riad en relación con Emiratos, al borde de sus capacidades para proporcionar más hidrocarburos.

Las petromonarquías del Golfo buscan garantías para asegurarse frente al programa nuclear de la República Islámica de Irán. Francia, sin dejar de lado su alianza estratégica con Estados Unidos, firmó con Abu Dabi el llamado contrato del siglo por aproximadamente 17 mil millones de euros de equipo militar el año pasado. Algo que seguramente debió considerarse en la pasada visita del presidente Biden, convirtiéndose Estados Unidos en aliado natural de la defensa común de los árabes.

Washington hace arreglos para estar dispuesto a apoyar la desescalada que asegure la estabilidad, en la que también opera Turquía para un acercamiento con Emiratos, Arabia Saudita e Israel. De nuevo la intervención de Francia es importante porque otorga la vía de intermediación con la que Estados Unidos no cuenta.

Macron está demostrando ser un intermediario eficaz al haber reunido a los ministros de asuntos exteriores de Arabia Saudita y de Irán, contando con los esfuerzos del primer ministro iraquí Mustafá Kazimi, quien también ha puesto su empeño entre esos países y en las discusiones secretas sobre las vías para salir de la guerra en Yemen, que ha tenido un alto costo social y ha generado muchas críticas a los sauditas.

El contexto es ciertamente complicado por la recesión que según el FMI amenaza a las economías occidentales. Y Macron se moviliza según la intensa actividad del mes pasado relativa al manejo y aprovisionamiento de hidrocarburos para aumentar el gas y el petróleo disponibles por las circunstancias desencadenadas por la guerra en Ucrania. Y no hay que olvidar que Rusia, como país invasor, domina con Arabia Saudita la producción petrolera en la OPEP. Y los sauditas conforman el principal cliente de la industria militar francesa.

Sin relación aparente está también su participación en la búsqueda de la paz entre Israel y Palestina, fundamental en el equilibrio de la región sobre todo cuando sale a relucir Irán y su amenaza de la producción de energía nuclear, en la que los israelíes están en permanente alerta. La embestida diplomática francesa no ha concluido.

Este análisis forma parte del número 2390 de la edición impresa de Proceso, publicado el 21 de agosto de 2022, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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El ballet de Macron con los países árabes

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26.08.2022

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La política exterior de Francia ha atraído la atención por todas partes; muy recientemente dio su visto bueno al controvertido ingreso de Finlandia y Suecia a la OTAN, algo contrario a la idea de Putin de evitar que todos los países nórdicos estuvieran en la organización erigiendo un dique que él ve y, desde luego, merma sus influencias en la zona. El asunto no ha sido fácil porque la primera ministra socialdemócrata de Suecia, Magdalena Andersson, sostuvo que dicha alianza empeoraría la seguridad en la zona. Con las presiones europeas se fue deslizando hacia la aceptación de la posibilidad del ingreso cuando cambiaron los vientos y hasta los ciudadanos convocados a responder encuestas en los dos países se mostraron de acuerdo. Y para entender la complicada maniobra realizada por los países occidentales, ya Turquía había aceptado a Finlandia en dicha organización, condicionando su voto a que se le permita actuar contra sus enemigos kurdos que han encontrado refugio en ese país.

El juego es difícil y Francia extiende su influencia y se protege. El mes pasado fue muy intenso para el presidente francés, Emmanuel Macron, porque se dedicó a tratar de primera mano su relación con el Medio Oriente. En el comienzo del mes, recibió al primer ministro interino de Israel, Naftali Bennet. El 18 recibió a su más próximo aliado, Mohammad ben Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes. Días más tarde estuvo con Mahmoud Abbas, el presidente de la Autoridad Palestina, quien lo hace ver como liberal incluyente dispuesto a la negociación. Luego........

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