Caracas: anatomía de una ciudad que no se rinde

Fotos: Panchito González (FotosPL)

Hablo con acento cubano y nadie me mira como extraño. Caracas reconoce en el caribeño un pariente de sol y resistencia. Aquí la conversación nace fácil: me preguntan por La Habana, por la pelota, por el malecón; yo respondo y la ciudad me adopta en esa fraternidad de trópicos que no necesita pasaporte.

El día comienza en la mesa. La arepa —reina pepiada, dominó, pelúa— es escudo y sustento. El pabellón criollo ordena la patria en un plato: arroz, caraotas, carne mechada y tajadas. La cachapa se abre dulce como mediodía campesino. Pero el caraqueño también mastica mundo: sushi, pasta italiana, shawarmas que giran en Sabana Grande, hamburguesas desafiantes en vitrinas modernas. La ciudad devora tradición y globalización con la misma hambre.

En los negocios callejeros palpita su ingenio. Buhoneros que despliegan mercancía como quien extiende banderas; mercados donde el regateo es arte; centros comerciales que ofrecen tregua de aire acondicionado. Se compra para vivir, pero también para resistir. Porque resistir aquí no es una consigna abstracta: es método de supervivencia.

¿Y qué resiste el caraqueño?

Resiste la presión económica que obliga a calcular cada gasto y multiplicar oficios. Resiste la intensidad política que atraviesa sobremesas y amistades, porque vive en el corazón institucional de Venezuela. Resiste el tráfico que en hora pico convierte las autopistas —Francisco Fajardo, Prados del Este— en ríos metálicos donde miles de autos avanzan con paciencia tensa. Entre ellos, motos veloces cortan el aire como lanzas modernas, desafiantes, dibujando una coreografía de vértigo.

El caraqueño resiste la desigualdad visible, los contrastes que suben y bajan por las colinas. Resiste la memoria de tiempos más duros, y aunque esa memoria no desaparece, la ciudad respira hoy con menos sombra: los índices de criminalidad han bajado muchísimo en los últimos años, y eso se siente en las plazas más llenas, en las familias que caminan de noche, en los corredores que se adueñan del asfalto al caer la tarde.

Pero esta no es una resistencia pasiva. No es aguantar por inercia, es una resistencia creativa. El caraqueño transforma la escasez en oportunidad, la dificultad en emprendimiento, la incertidumbre en disciplina. “Resolver” es verbo y es filosofía.

La vida cultural es su otra muralla. Teatros activos, galerías que desafían la crisis, conciertos que mezclan salsa y rock, béisbol que convoca multitudes en el Monumental. Caracas se canta para no callarse, se piensa para no rendirse.

Al final del día, cuando el sol se esconde detrás de los Cerros y la ciudad reduce el pulso, comprendo que Caracas no es solo un territorio: es una actitud, es montaña que no se inclina y asfalto que no se quiebra.

Y el caraqueño —entre arepas y autopistas, entre motos audaces y mercados bulliciosos— sigue de pie. No porque ignore las dificultades, sino porque ha hecho de la resistencia una forma de identidad.


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