La política de la esperanza
En tiempos de fatiga colectiva, cuando el país parece atrapado en un ciclo de malas noticias —crisis en salud, incertidumbre energética, deterioro del orden público, retrocesos en educación y una economía tensionada por la situación fiscal— la política tiene dos caminos: insistir en el diagnóstico o atreverse a proponer un horizonte. Colombia ya conoce suficientemente bien lo primero.
Lo que necesita ahora es lo segundo. Por eso, más que una candidatura, Paloma y Oviedo deben convertirse en un símbolo: Esperanza. Criticar al gobierno Petro es insuficiente.
La ciudadanía no quiere solo oír qué está mal —eso lo vive todos los días— sino entender cómo puede estar mejor. Ahí está el verdadero desafío político: Transformar el descontento en propósito colectivo.
Paloma y Oviedo representan una alternativa que no carga con el desgaste del poder, pero tampoco puede caer en el error de construir su narrativa únicamente desde la oposición. Su fuerza debe ser la propuesta. Se me ocurren cinco mensajes de esperanza.
Colombia puede volver a crecer impulsada por la confianza. El país no está condenado al estancamiento. Con reglas claras, seguridad jurídica y respeto por la empresa, Colombia puede recuperar la inversión, generar empleo y dinamizar su economía. El crecimiento no es lujo, es la base del progreso.
La seguridad sí puede recuperarse. No es cierto que la violencia sea inevitable. Con autoridad legítima, inteligencia efectiva y respaldo a la Fuerza Pública, es posible devolverle la tranquilidad a las regiones. La seguridad no es un discurso duro; es una estrategia que se construye e implementa. La salud puede volver a funcionar para la gente.
Más allá de reformas ideológicas, el sistema debe centrarse en el paciente. Se puede garantizar acceso, calidad y oportunidad sin destruir lo que sí ha funcionado. La prioridad no es el modelo, es la vida.
Hay que retornar a las decisiones basadas en evidencia técnica. En realidad, no en ideología. Las instituciones como la junta del Banco de la República o la Comisión de Regulación de Energía y Gas (CREG), entre otras, deben funcionar con total independencia del gobierno.
Es posible reconciliar al país. La polarización no puede seguir siendo el lenguaje dominante. Colombia necesita un liderazgo que convoque, que una, que escuche. La reconciliación no es debilidad; es sentido de nación. Estos mensajes no son promesas vacías. Son puntos de partida para reconstruir la confianza en el país. Porque, al final, la política se trata de ofrecer un camino.
Paloma y Oviedo deben encarnar la idea de que Colombia no está perdida, que puede corregir su rumbo, que puede volver a creer en sí misma. En medio del ruido, la crítica y el cansancio, su voz tiene que ser distinta. Menos miedo, más futuro. Menos queja, más construcción. Colombia necesita una señal: Hay esperanza.
Ricardo Santamaría
Analista
