Del terror secreto a la impunidad documentada
Del terror secreto a la impunidad documentada
Es cierto que no es privativa de Oriente Medio. Se puede encontrar en el Mediterráneo y en las fronteras de nuestra próspera Europa, en África, en otras naciones, en América Latina, etc.
Italia ha inaugurado en Albania, con el gobierno de Giorgia Meloni, unos centros para solicitantes de asilo rechazados —recintos vallados y vigilados en un tercer país— convertidos ahora en antesalas de la deportación. La Unión Europea, que un día se pensó a sí misma como conciencia jurídica del continente, adopta hoy en voz baja los métodos del segundo mandato de Trump: externalizar, subcontratar, alejar de la vista, con proyectos que hablan de enviar hasta decenas de miles de personas al año a esos «centros de retorno». El «solicitante rechazado» es primo hermano del «combatiente ilegal»: otra categoría diseñada para que un ser humano deje de obligarnos. También aquí el recuento sustituye a la conciencia; también aquí se archiva a quien no se quiere ver.
Hay una tercera vuelta de tuerca: la que aporta la técnica. La guerra de Ucrania ha consagrado al dron como protagonista; se celebra a Zelenski como «el genio de la guerra de los drones», y la expresión, bien mirada, es escalofriante. Porque el dron perfecciona lo que la burocracia había empezado: matar sin rostro, morir sin nombre. Entre el operador y el muerto se interpone una pantalla, y con ella se disuelve la última distancia moral. El soldado que degüella ha de vencer una repugnancia física; quien pulsa un botón ante un mapa no vence ninguna. La técnica no ha inventado la crueldad, pero le ha ahorrado el remordimiento. El despotismo de Putin, los vaivenes de Trump, la aritmética anónima de los caídos ucranianos y rusos, todo confluye en un mismo desenlace: la abstracción del que muere. Y más lejos aún, en el Sudán o en el Sahel, guerras enteras que ni siquiera llegan a contarse, prueba última de que existe una jerarquía de las vidas: unas se lloran, otras se ignoran.
No pretendo abarcarlo todo. Es imposible. Me basta señalar el hilo que cose estos episodios dispersos: la conversión de los seres humanos en “cosa” —en cifra, en categoría, en objetivo— y la impunidad tranquila de quien lo hace a plena luz.
¿Cabe, entonces, liberarse de estas tragedias? Sospecho que no y que esa imposibilidad es, ella misma, una forma de decencia.
Contra esta locura asesina no existe más herramienta que la palabra, modesta y terca: devolver a cada número su rostro —el médico muerto, el niño sin brazos, el detenido sin juicio, el migrante archivado en un campo albanés—. Y, sin embargo, me pregunto: ¿de qué sirve denunciar si poco o nada podemos hacer para impedirlo? Denunciar no es actuar, y confundir ambas cosas sería la última complacencia.
Pero la premisa de que nada podemos hacer, es falsa. Los regímenes de impunidad no se sostienen solo sobre su fuerza, también sobre........
