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Israel de la Rosa: «Pobre criminal»

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12.10.2026

La escena de un crimen es escalofriante. No importa hacia qué rincón dirijamos la mirada, pues todo nos resultará conmovedor, terrible, espeluznante. Regueros de sangre, muebles volcados, cortinas desgarradas, cuadros torcidos pendiendo de un solo clavo, los restos de una cena esparcidos por el suelo… Se muestran, visibles aún, las señales de un reciente enfrentamiento, todavía son palpables los ecos reverberantes de la lucha, que en la mayoría de los casos suele ser desigual, desproporcionada. La huella oscura del terror lo cubre todo, lo embarga todo con su manto espeso y ominoso.

Aparecen entonces las fuerzas de seguridad, adalides de nuestra más bendita defensa, bastión sagrado de la democracia occidental. Lo primero siempre es lo primero: ocuparse del criminal. Allí lo encuentran, enfrascado en sus nobles quehaceres, hasta el cogote de salpicaduras de sangre, hurgando tranquilamente en los cajones de la cómoda en busca del botín. Los agentes lo rodean al instante, y se pone en práctica un minucioso procedimiento: se cercioran de que el agresor no presente ninguna herida, de que no haya sufrido ninguna violenta e injusta represalia por parte del propietario del inmueble. Una vez satisfecha esta comprobación, se conduce al criminal a la salida con las mayores muestras de cortesía, y se le ruega, con idéntica amabilidad, que los acompañe a comisaría, siempre que no suponga para él un molesto inconveniente. «En absoluto», responde el criminal. En cuanto a la chusma, es decir, la víctima del asalto, que yace todavía hecha un ovillo en mitad de la habitación, con el cuchillo de untar mantequilla insertado entre los omóplatos y en una grotesca postura… En fin, ya vendrá alguien más tarde a ocuparse del cadáver. Con suerte, podrán sacarlo a la calle antes de que pase el camión de basura.

Una vez trasladado el criminal a comisaría, es costumbre ofrecerle un suculento banquete y servirle después café, copa y cigarrillos. Se charla con él........

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