Israel de la Rosa: «Lo nuestro»
Nada es para siempre. Todo termina siendo finito. El amor, la amistad, la juventud, la piel tersa, las épocas boyantes, los días de sol, la alegría —la alegría verdadera está cifrada en aproximadamente tres minutos—, las vacaciones, un instante magnífico en que saborear un buen café… Nada dura, nada se perpetúa en el infinito. La eternidad es un fraude, una mentira poco piadosa, una perversa trola, un engaño. Nada satisface porque nada se mantiene el tiempo suficiente, todo se acaba.
Bueno, no todo. Existen excepcionales virtudes del ser humano, denominadores comunes de nuestra más profunda esencia, banderolas festivas de nuestra idiosincrasia, que sí persisten tenazmente, arañando las hojas del calendario más perenne, hermosas facultades nuestras que se instalan en los viejos sillones de la historia, y que allí, atrincheradas, resisten heroicamente contra viento y marea, contra tiempos y muros de piedra: la congoja, la inquietud, la incertidumbre, la mala baba, la codicia, el recelo, la aprensión… La lista de estas insignes facultades es larga, como largas son las uñas con que desgarramos los velos de la calmosa noche, tornándola mar embravecido, convirtiendo la frágil serenidad del corazón en árido y borrascoso campo de batalla.
Y pocas cosas alientan el desasosiego del espíritu como descubrir que un infeliz mamarracho pisotea lo nuestro. Más aún: que un infeliz mamarracho nos haga presentir, por un fugaz resplandor que revolotea malévolo en su mirada, como tenue y todavía lejano relámpago de tormenta venidera, que se propone pisotear lo nuestro. Con qué mimo, con qué amor cuasi maternal colmamos de cuidados y delicadezas el jardín, con qué arrobamiento de enamorados acicalamos con lacitos de roja seda cada florecilla naciente de ese precioso y doméstico vergel, primorosa guinda del más dulce pastel, tesoro luminoso,........
