Se busca jardineros
Hace cinco mil años, un pueblo anterior a la escritura y a la cerámica levantó en el valle de Supe una ciudad con pirámides, plazas circulares, canales y anfiteatros. Caral. Sin tratados de arquitectura, ni ingenieros titulados, o matemáticas escritas. Pero sí una técnica —la shicra, bolsas tejidas con fibra vegetal y rellenas de piedra— y una práctica transmitida a lo largo del tiempo. La ciudad sigue en pie.
Cuatro milenios después, en los Andes del sur, los incas hicieron algo distinto pero emparentado: cortaron piedras enormes y las encajaron sin mortero, con enorme precisión. Cuando la tierra tiembla —y en los Andes tiembla siempre— los muros de Machu Picchu no se resisten al sismo. Bailan. Las piedras se mueven y vuelven a su lugar. Lo que parece rigidez es, en realidad, flexibilidad sofisticada.
En el siglo trece, en París, un grupo de albañiles analfabetos levantó la Sainte-Chapelle siguiendo una regla heredada de la antigüedad romana: el muro de soporte debía medir entre un cuarto y un quinto del vano del arco. No sabían por qué funcionaba. Solo que había funcionado antes. 800 años más tarde la catedral sigue en pie.
Hoy sabemos de los fractales: ni las nubes son esferas ni las montañas conos. Lo que parece caos en la naturaleza obedece a patrones simples que se repiten a escalas distintas. Una rama se parece al árbol y un afluente al río. Una geometría que describe, además de hojas y litorales, mercados, ciudades, redes neuronales. Los antropólogos que han estudiado los pueblos precoloniales africanos nos muestran que muchos organizan sus entornos así: la planta de la casa repite la del recinto, que repite la de la aldea, que repite la de la región. Nadie planificó, emergió.
Combinemos las ideas. Caral sin escritura. Machu Picchu sin mortero. Sainte-Chapelle sin ciencia. Aldeas africanas sin planos. Todas estructuras grandes y duraderas que no fueron diseñadas por nadie en particular. Emergieron de reglas simples, repetidas con paciencia, transmitidas de una generación a otra hasta que el patrón se volvió estable. El símil mecánico —un aparato— no aplica. Se parecen más a un bosque o una cordillera.
Buena lección para quienes vivimos enamorados de expertos y planificadores. Muchas de las cosas más valiosas que han surgido de nuestras interacciones, entre nosotros y con nuestros entornos —lengua, tradición, ciudad habitable, familia extensa, comunidad que sea sostenible— no tienen autor. Emergieron. Y la razón por la que se sostuvieron es la misma por la que los muros incas sobreviven a los sismos: no son rígidas, son vivas. Responden al terreno. Se mueven y vuelven.
Tenemos que recordarlo: no tratemos todo como si fuera solamente resultado de nuestra comprensión y planeamiento. Porque estamos demasiado seguros de que lo producimos. No es cierto. Nada de eso se fabrica. Tenemos mucho que ver, sí. Pero se parece más al cultivo. Algo que el pensamiento fabril detesta porque requiere de paciencia, humildad, la aceptación de que uno no comprende del todo lo que está haciendo funcionar.
El jardinero toca el jardín todo el tiempo. Poda, riega, protege, interviene. Pero no lo inventa. Sabe que hay una lógica que precede a su plan, y que su oficio consiste en colaborar con esa lógica, no en sustituirla. El planificador, en cambio, quiere rediseñarlo todo desde un centro. Cuando aplica esa ambición a un ecosistema —familia, tradición, ciudad— suele obtener algo prolijo que, sin embargo, no trasciende.
Los albañiles medievales sabían menos que un ingeniero contemporáneo. Los constructores de Caral sabían menos que un urbanista moderno. Los canteros incas sabían menos que un arquitecto actual. Pero sabían algo que nosotros olvidamos: que hay situaciones que no se comprenden del todo y en las que hay que actuar igual, y que el modo correcto de hacerlo es con reglas heredadas, aplicadas con cuidado, sin arrogancia. Las catedrales siguen en pie. Las piedras de Machu Picchu siguen bailando con la tierra. Caral dura cinco mil años. Muchos de nuestros rediseños ambiciosos no llegan a la segunda generación.
Nuestra época tiene muchos planificadores. Le faltan jardineros, que no comienzan de cero, no fabrican. Cultivan.
