Midiendo espero…
Imaginen la siguiente escena. Un hombre cena con su hijo. En la muñeca lleva un aparato que mide, entre otras cosas, el intervalo entre los latidos de su corazón. En el celular tiene abierta una aplicación que calcula cuántas calorías acaba de ingerir. Más tarde, antes de dormir, otra app le informará cuántas horas debe dormir y registrará su ritmo respiratorio durante el sueño. Al despertar ya tendrá un puntaje de recuperación que determinará el tipo de entrenamiento mañanero. Durante la cena, ha mirado su muñeca tres veces. Su hijo lo ha notado. Él no.
Brad Stulberg publicó en enero The Way of Excellence, un libro donde critica ácidamente lo que llama “kabuki elaborado” de la vida optimizada: despertador a las 4:45, nueve suplementos, baño helado, para comenzar el día que acumula KPI. Stulberg dice que así uno se convierte en robot y le quita humanidad a la vida. Medir todo nos fragiliza. ¡Totalmente de acuerdo! Pero no con la alternativa.
Stulberg propone reemplazar la optimización por algo que llama “excelencia”, y la define con dieciséis factores, cinco fases de competencia, cuatro criterios para formular objetivos y una metáfora recurrente de montañas y cumbres. En mi opinión, el libro critica la vida convertida en tablero de control, pero termina ofreciendo, como solución, un panel de instrumentos algo más humanista. Un dato sabroso: el lanzamiento estuvo acompañado con un paquete por preorden: una masterclass en línea, un manual interactivo, una dinámica sobre valores vitales, listas de lectura, entre otros. Se critica la optimización, pero se vende como producto optimizado, con upsells y lead magnets, si me perdonan la jerga marquetera.
El problema no es el autor. Es el género. La autoayuda contemporánea asume que la vida es un proyecto de rendimiento personal y que los debates esenciales son sobre qué métricas usar. Optimizar mal es el problema; optimizar bien es la solución. Medir lo equivocado es el problema; medir lo correcto es la solución. El sujeto sigue siendo el mismo: alguien solo, con su aplicación, persiguiendo una versión mejorada de sí mismo. Lo que cambia es el software.
¿Y si estar vivo, vivir, no es un proyecto? Una amistad sostenida no tiene KPI. Una conversación con un hijo no se divide en fases. La lectura de Kafka no termina con entregables. Una sobremesa que se extiende hasta la madrugada no genera takeaways al día siguiente. Esas vivencias no caben en un vocabulario de optimización aunque la llamen excelencia. Ocurren en otra dimensión.
Ofrecer como alternativa a la optimización una mejor optimización es confesar que no hay categorías para nombrar lo que queda fuera del proyecto. El “yo” que se mejora se ha comido al “yo” que simplemente vive, y la cosa se reduce a qué tipo de mejora es más elegante.
Sospecho que una parte del malestar contemporáneo —esa sensación de estar corriendo sin llegar, de agotamiento sin haber trabajado demasiado, eso que el mismo Stulberg llama “burnout zombi”— no viene de optimizar mal. Viene de creer que la vida es algo que se optimiza. El problema no está en el método. Está en el supuesto.
Lo que la cultura de la autoayuda no sabe ofrecer, porque su existencia depende de no ofrecerlo, es permiso para dejar de medirse. Para tener días que no cuentan para nada. Para que una conversación, una caminata, una tarde con un nieto no tengan que caber en ningún plan.
