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La letra J en su espalda

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21.10.2019

Jimmy Barclays entró con aire ceremonioso en una librería deslumbrante y majestuosa de Buenos Aires, un antiguo teatro convertido en librería. Luego hizo discretamente lo que solía hacer en una librería: espiar si tenían sus libros. Como no los encontraba, pidió ayuda a una asistenta. Era una mujer de mediana estatura, pelo marrón, ojos almendrados y mirada risueña. Era guapa, despreocupadamente guapa, como si no fuera consciente de ello. Estaba vestida con una blusa celeste y unos pantalones negros. Un prendedor metálico anunciaba su nombre. Se llamaba Andrea.

Andrea reconoció enseguida a Barclays. Le dijo que había leído todos sus libros. A continuación, lo llevó al estante donde se exhibían esos libros. Andrea dijo que los recomendaba siempre a sus clientes. Fue así como Andrea Esteves y Jimmy Barclays se hicieron amigos. Ella era su lectora y admiradora. Él se sentía halagado por eso. Nada hacía presagiar que años después serían enemigos. Ninguno sospechaba que acabaría acusando al otro de traidor.

Andrea soñaba con ser escritora. Era hija única. Su padre, un matemático brillante, había muerto de un infarto, dando clases, cuando ella era una niña. Su madre, lectora insaciable, sufría de artritis y vivía tendida en una cama. Andrea y su madre vivían en una casa de dos pisos, en un barrio de clase media, con una perrita llamada Federica. Andrea leía muchísimo, todavía más que su madre, quien tenía la curiosa costumbre de arrancar cada página que leía y arrojarla al pie de su cama, de modo que, concluida la lectura de un libro, su cama parecía flotar o elevarse sobre una nube de papeles impresos. La perrita se ocupaba de darles unas reservas de amor inagotables a esas dos mujeres ermitañas.

Barclays visitaba Buenos Aires todos los meses. Era dueño de un departamento en esa ciudad. Allí vivía un amigo suyo que también soñaba con ser escritor. Eran principalmente amigos, raramente amantes. No........

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