Los candidatos necesitan terapia
¿Por qué querría una persona medianamente cuerda ser presidente del Perú?
¿Por qué alguien emocionalmente equilibrado aspiraría a tener treinta y tres millones de problemas?
¿Por qué una persona con cierta paz y armonía familiar escogería la posibilidad de tal vez terminar en la cárcel?
Gobernar un país caótico, fragmentado, saqueado y violentado sistemáticamente como el Perú de ninguna manera puede ser un acto inocente ni una acción fallida. Es una elección que busca ejercer control, obtener reconocimiento, validación pública, autoridad simbólica (porque nadie lo respetaría) y, sobre todo, un sentimiento de omnipotencia.
En medio de este festival de candidaturas, la pregunta que necesitamos hacernos es:
¿Qué necesidad psíquica intenta resolver alguien que quiere ser presidente del Perú?
No me cabe la menor duda de que el poder debe activar los mismos circuitos cerebrales que las drogas, generando excitación, exaltación, sensación de control, euforia, megalomanía y sobrerrecompensa social, es decir, reconocimiento. El humano que ostenta el poder termina haciéndose adicto a los aplausos, la sobonería, la atención permanente, la validación constante y, sobre todo, a la adictiva sensación de ser importante.
Es decir, un sistema dopaminérgico activado las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, doce meses durante cinco años: megaadicto al reconocimiento.
De lo anterior podría desprenderse por qué a muchos políticos les cuesta retirarse, no toleran perder y no aceptan límites. Se sienten........
