La fiesta de Trump o el síndrome de la masculinidad idiota

Solía ir casi todos los días al gimnasio hasta que este se llenó de aspirantes a opositores a Policía Nacional y lo dejé. Cambié aquel derroche testosterónico y compendio de tatuajes cuestionables y preconstitucionales por los cursillos que ofrecía mi ayuntamiento a precios populares. Ahora hago deporte sin pagar un potosí rodeada de señoras de todas las edades -maravillosas Charos- con las que me río un montón mientras sudamos juntas la gota gorda. Salimos de esas clases municipales tan agotadas como contentas, después de que nos hayan metido una paliza de sentadillas, mancuernas y cardio, que esas señoras fantásticas aguantan sin alardes y siempre con una broma en los labios.

Está claro que con este cambio salí ganando en todos los sentidos: no solo estoy más en forma que nunca, también tengo un grupo de mujeres con las que compartir risas, charlas y abdominales. Mujeres fuertes que, sin alardes, aguantan el ritmo endiablado que nos impone nuestra monitora. Y que después regresan a sus casas cargadas con varias y pesadas bolsas de la compra, ponen lavadoras, mueven los muebles de casa para pasar la aspiradora por todos los rincones, levantan en el aire ellas solas a sus madres dependientes........

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