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¿A cuánto estamos de una tercera guerra mundial?

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En los últimos días una pregunta se repite con insistencia en los debates políticos, en los análisis estratégicos y también en las conversaciones cotidianas: ¿a cuánto estamos de una tercera guerra mundial? Y, sobre todo, ¿es posible evitarla? La pregunta no es exagerada ni alarmista. Es el reflejo de una inquietud real ante la rápida internacionalización de una guerra de elección, no provocada e ilegal lanzada por Israel y Estados Unidos contra Irán.

Lo que comenzó como una operación militar dirigida contra objetivos iraníes ha ido desbordando progresivamente el marco bilateral para proyectarse sobre todo el entorno regional y más allá. Oriente Próximo vuelve a convertirse en un tablero donde confluyen intereses geopolíticos, rivalidades históricas y cálculos estratégicos que rara vez se mantienen confinados dentro de unas fronteras. La respuesta iraní, basada en una combinación de ataques directos y activación de aliados regionales, ha contribuido a esa ampliación del escenario, involucrando a actores estatales y no estatales en varios puntos del mapa.

Los países árabes están ya viviendo esta guerra en primera persona. Una guerra que está atacando su principales fortalezas: la energía y la seguridad. Algunos gobiernos del Golfo mantienen estrechas relaciones de seguridad con Estados Unidos y observan como la escalada descontrolada está convirtiendo su territorio en objetivo de represalias o desestabilización. El equilibrio en la región siempre frágil ahora apunta a estallar totalmente por los aires.

El conflicto tampoco se limita al mundo árabe. En el Cáucaso, una región históricamente sensible a las tensiones geopolíticas, comienzan a aparecer señales inquietantes. La posible implicación de Azerbaiyán, aliado estratégico de Turquía, introduce una dimensión adicional al conflicto. Turquía, miembro de la OTAN y actor regional con ambiciones propias, podría verse arrastrada a una dinámica en la que los equilibrios actuales se vuelvan cada vez más difíciles de sostener. Las fronteras entre conflictos regionales empiezan a difuminarse cuando las alianzas y rivalidades se superponen sobre distintos espacios geográficos.

Más allá de la dimensión militar, el conflicto plantea una cuestión fundamental desde la perspectiva del derecho internacional. Los ataques iniciales de Israel y Estados Unidos contra Irán se produjeron en un contexto en el que no existía una agresión previa que los justificara claramente bajo el principio de legítima defensa. En ese sentido, nos encontramos ante una guerra de elección, una intervención militar que rompe el frágil marco normativo que ha intentado regular el uso de la fuerza en el sistema internacional desde la creación de Naciones Unidas.

Esta ruptura no es menor. El orden internacional basado en normas llevaba tiempo debilitándose, pero cada episodio de este tipo contribuye a erosionarlo aún más. Cuando las grandes potencias o sus aliados actúan al margen del derecho internacional sin afrontar consecuencias políticas o diplomáticas significativas, el mensaje que se transmite al resto del sistema es profundamente desestabilizador.

Al mismo tiempo, existen algunas certezas que ayudan a entender el cálculo estratégico que pudo haber detrás de la operación. Israel y Estados Unidos parecían confiar en que la debilidad interna del régimen iraní limitaría su capacidad de respuesta. La República Islámica atraviesa desde hace años tensiones sociales, económicas y políticas que han erosionado su legitimidad interna. Desde esa perspectiva, la apuesta parecía clara, una acción militar contundente que debilitara al régimen y lo colocara ante una disyuntiva entre aceptar el golpe o arriesgarse a una escalada que no podría sostener.

También parece claro que Israel persigue desde hace tiempo un objetivo estratégico más amplio que es la consolidación de su hegemonía regional neutralizando a su principal rival geopolítico. La destrucción o, al menos, el debilitamiento estructural del régimen de los ayatolás forma parte de esa lógica. Irán no solo representa una amenaza militar directa para Israel; también constituye el núcleo de una red regional de aliados y milicias que desafían el equilibrio estratégico en Oriente Próximo.

Otro elemento que parece formar parte de las certezas es que Estados Unidos quiere evitar a toda costa una intervención terrestre directa. La experiencia de Irak y Afganistán sigue pesando demasiado en la política doméstica estadounidense. Por ello, Washington estaría explorando alternativas que permitan presionar al régimen iraní sin desplegar tropas propias. En ese contexto han trascendido informaciones sobre posibles contactos con grupos kurdos dentro de Irán o con sectores azeríes que podrían actuar como fuerzas de desestabilización interna. Se trataría de actores con experiencia en conflictos armados y con capacidad para operar sobre el terreno, cuyo objetivo sería erosionar al régimen desde dentro y precipitar su caída.

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Si las certezas ayudan a entender los cálculos iniciales, las incertidumbres son mucho más numerosas. La primera tiene que ver con la duración del conflicto. Las guerras raramente se desarrollan según los planes iniciales, y la historia reciente ofrece numerosos ejemplos de operaciones militares que terminaron convirtiéndose en conflictos prolongados con consecuencias imprevistas, recuerden el propio Irak o Afganistán.

Otra gran incógnita es la capacidad de escalada de Irán. Aunque militarmente inferior a la alianza formada por Estados Unidos e Israel, Teherán dispone de instrumentos asimétricos que pueden complicar seriamente el escenario. Sus alianzas regionales, su capacidad misilística y su influencia en rutas energéticas estratégicas convierten cualquier conflicto con Irán en un problema global.

También está la cuestión del impacto económico. La mera posibilidad de interrupciones en el suministro energético ya ha generado tensiones en los mercados internacionales. En un contexto global marcado por la fragilidad económica, cualquier perturbación prolongada en los flujos energéticos podría tener consecuencias significativas para las economías europeas y para la estabilidad financiera global.

Las incógnitas geopolíticas tampoco son menores. Una de las preguntas más relevantes se refiere al papel que puedan desempeñar otras grandes potencias. Rusia podría encontrar en esta crisis una oportunidad para complicar la posición occidental, aunque su margen de actuación está condicionado por sus propios desafíos estratégicos.

La gran incógnita, sin embargo, sigue siendo China. Hasta el momento Pekín ha optado por una estrategia prudente, centrada en promover la mediación y evitar una escalada mayor. El envío de un mediador a la región apunta en esa dirección. Para China, la estabilidad en Oriente Próximo es una prioridad estratégica debido a su dependencia energética y a sus intereses comerciales globales. Sin embargo, la evolución del conflicto podría obligarla a adoptar posiciones más definidas.

En medio de esta compleja dinámica internacional, Europa vuelve a encontrarse ante un espejo incómodo. La reacción europea ha sido, hasta ahora, vacilante y fragmentada. Algunos gobiernos se alinean de manera casi automática con Washington, mientras otros reclaman una mayor autonomía estratégica. Pero lo cierto es que la Unión Europea continúa atrapada entre esas dos tendencias sin lograr articular una posición coherente y creíble.

Este conflicto podría convertirse en un punto de inflexión para el propio proyecto europeo. Cada vez parece más evidente que la UE se enfrenta a una disyuntiva fundamental bien avanzar hacia una mayor integración política y estratégica o asumir el riesgo de una progresiva desintegración estratégica. Entre defender un proyecto común basado en principios y valores o refugiarse en soluciones nacionales que debilitan el conjunto.

Las medias tintas parecen cada vez menos sostenibles. El mundo atraviesa un cambio de época marcado por la transformación del orden internacional. El modelo impulsado por el trumpismo, con su combinación de unilateralismo externo y deriva autoritaria interna, plantea un desafío directo al sistema multilateral y al marco liberal basado en normas.

Frente a ese escenario, Europa necesita algo más que prudencia diplomática. Necesita coherencia, credibilidad y, sobre todo, la capacidad de generar confianza entre sus propias ciudadanas y ciudadanos. Eso implica tomar posiciones claras, incluso cuando hacerlo pueda resultar incómodo o políticamente costoso. Los liderazgos siempre importantes, ahora son imprescindibles.

Los momentos de máxima inestabilidad suelen exigir liderazgos capaces de defender principios y valores con valentía. Y hoy el sistema internacional atraviesa precisamente uno de esos momentos. La pregunta que flota sobre el conflicto con Irán no es solo cuánto falta para una guerra mundial. La verdadera pregunta es si los actores internacionales, y de manera específica los europeos, están dispuestos a asumir el reto, lanzar las acciones que permitan un cambio de rumbo y también, por supuesto, las consecuencias.


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