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Morir de tristeza

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14.06.2026

La muerte de la dibujante iraní Marjane Satrapi, autora de Persépolis, me ha recordado la muerte de don Antonio Machado en Colliure. Huyendo al exilio entre más de 500.000 republicanos españoles, que escapaban de la muerte en un éxodo masivo de cadáveres vivientes.

La familia de Satrapi emitió un comunicado sobre la causa, de una belleza estremecedora: "Marjane ha muerto de tristeza.  Un año después del fallecimiento de Mattias Ripa, su esposo y el amor de su vida".

Mis alumnos del instituto, tras dedicar varias sesiones al estudio del poeta, investigando su vida y su obra y aprendiendo de memoria algunos poemas, siempre acababan preguntándome: "¿Pero de qué enfermedad murió exactamente, profesor?". A lo que yo contestaba: "Murió de tristeza. Le dolía España". Tanto como esa "espina clavada que, al lograr arrancársela un día, dejó de sentir el corazón". La "España que ha de helarte el corazón". Su pena e incomprensión por esa tierra fratricida, "como la náusea de un borracho ahíto de vino malo", era tan honda, que murió de tristeza. Como Marjane Satrapi, de amor y tristeza.

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Roberto Vázquez De Agredos

Tras una vida dedicada a la escritura y a la enseñanza, siendo su mayor delito el haber escrito los mejores versos de la lengua castellana, huye de Madrid al temer por su vida, acompañado de su madre octogenaria, Ana Ruíz, su hermano José y su cuñada Matea. Tras su estancia en Valencia y ante el angustioso asedio del ejército franquista, escapan a Barcelona, después a distintas masías catalanas, a Girona, hasta lograr cruzar la frontera en el crudo invierno de 1939. 

Aunque ha cumplido solo 63 años, don Antonio está, según describe Luis Capdevila, "flaco, macilento. Tiene la cara descarnada, amarillenta y angulosa." Nada que ver con esa famosa fotografía, con su sombrero de ala ancha y sus manos sobre el bastón, realizada en el café de las Salesas de Madrid, donde luce un aspecto muy saludable. Aunque el médico le hubiera recomendado adelgazar unos kilos. Los que perdería en unos meses hasta quedarse en los huesos, igual que un esqueleto. 

Antes de cruzar la frontera había dicho: "Yo no debería salir de España. Sería mejor que me quedara a morir en una cuneta". Las mismas cunetas donde ya reposaban miles de españoles, Lorca el primero, con un tiro en la nuca, y que, en su mayoría, ahí siguen para vergüenza de esta España falsamente democrática. 

La visión de esa sinuosa carretera entre pinares, que cruza los Pirineos en enero de 1939, con aquella marabunta de exiliados, es desgarradora: niños descalzos o con unos trapos en los pies pisando el hielo, mutilados con heridas purulentas, enfermos aullando de dolor, chiquillos llorando y suplicando pan y un abrigo, madres con su hijo muerto en brazos que no saben dónde enterrarlos; ancianas como Ana........

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