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¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!

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18.06.2026

Manifestarse en la calle y también en el bar, cuando el cuñao de turno suelte su última barbaridad. Gritar. Vocear. Bramar. Si es con un megáfono a todo volumen mejor todavía. Protestar. Indignarse. Patalear. Llorar de rabia y de tristeza. No resignarse. No callar. Sacar una pancarta al balcón y otra más grande a la plaza. Chillar con fuerza una única palabra repetida mil veces: ¡Vergüeeeenza, vergüeeeenza, vergüeeeenza!

Es la consigna que gritan los profesores y profesoras a la policía en Valencia: ¡Vergonya, vergonya, vergonya! Tras ver cómo uno de los mandos policiales, grande como un gorila, empuja por la espalda a una profesora jubilada de 68 años, que cae de bruces contra el asfalto, fracturándose el tabique nasal. Una profesora que bien podría ser su madre, parada en la calle, más inofensiva que una farola, sin impedir ni el tránsito peatonal ni el tráfico, y cuyo delito es vestir una camiseta verde en defensa de la educación pública. Un empujón a traición, absolutamente innecesario y desproporcionado, sin justificación alguna, que podría haber sido mortal si se golpea la cabeza contra el borde de la acera.  Irrazonable, incomprensible, a no ser que tengas mucho odio acumulado contra "esa gente", que te ennegrece el corazón y te enturbia la mente.  Cosa que no es de extrañar, si piensas, por ejemplo, que la policía española recibe cursos de formación de los Desokupa. ¿Qué puedes esperar entonces, Marlaska?

Cuando las clases las deberían recibir de esa profesora que se manifiesta pacíficamente, sin pedir nada para ella, que ya está jubilada y con su vida resuelta, sino para sus compañeros y por los alumnos, los hijos de ese mismo policía que se beneficiarían de una educación de más calidad. Una clase, querido policía de la vergüenza que nunca comprenderás, de conciencia y solidaridad.

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