Sesiones de descontrol

Un hombre recita media docena de oraciones que le han escrito en una cuartilla. Se esfuerza por sonar ocurrente, jovial, agudísimo. Sin embargo, su lectura es lenta y vacilante, le cuesta dar el énfasis adecuado para que parezca que el texto es suyo, se traba en las palabras de más de tres sílabas y no sabe disimular su nerviosismo si pierde el hilo.

—Sigue, sigue. Aunque te confundas. El contenido es lo de menos. Que se mantenga el tono —le indican.

Y sigue. Mueve los bracitos arriba y abajo, cambia el gesto a grave al pronunciar el término "catástrofe", señala con el índice a un interlocutor imaginario mientras lee la palabra "usted" y termina con una sonrisa de medio lado al alcanzar la breve y contundente pregunta final: ¿Hasta cuándo va a estirar esta basura?

—Correcto. Aquí es cuando te aplaudimos.

Él respira con alivio. Puede que en casa ensaye el alegato frente al espejo, con esa amargura que le provoca su ineptitud para la espontaneidad y la chispa. Para el zasca, como le dicen ahora. También cabe la posibilidad de que le dé lo mismo: recibirá vítores y aplausos si lee bien o si lee mal, si se entiende el mensaje o si no se entiende, si consigue descifrar el........

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