"Make Japan Great Again"
El octubre pasado, Sanae Takaichi se convertía en la primera mujer en liderar un gobierno en Japón. Solo tres meses después, con la popularidad por las nubes, decidía convocar elecciones con la promesa de abandonar el cargo de inmediato si no lograba una mayoría. El objetivo era claro: obtener un mandato público para impulsar sus políticas económicas y de seguridad para volver a hacer de Japón "un archipiélago rico y fuerte", un lema con claros ecos trumpistas.
De hecho, Takaichi, ferviente admiradora de Margaret Thatcher, ha sido apoyada directamente por Donald Trump durante la campaña y, explícitamente, en redes durante la jornada de reflexión. "Merece un gran reconocimiento por su trabajo... ¡No defraudará al pueblo de Japón!", escribió en mayúsculas, antes de anunciar que la recibirá en la Casa Blanca el 19 de marzo, dando por sentado que revalidará el cargo. Un flechazo político que se escenificó en octubre, cuando el republicano visitó Tokio. "Es una nueva edad de oro en la alianza entre Estados Unidos y Japón", proclamó Takaichi. Una visita encuadrada en el contexto del nuevo acuerdo arancelario que supuestamente conllevaría inversiones japonesas en EEUU por un valor de 500.000 millones de dólares.
En este sentido, Trump, por su parte, no ha ocultado su entusiasmo por contar en Japón —pieza clave en el tablero del Indo-Pacífico— con una dirigente ideológicamente cercana, partidaria de reforzar el gasto en defensa y de endurecer el discurso sobre inmigración y seguridad. De este modo, la irrupción de Trump en campaña nipona se suma a la tendencia que ha mostrado el republicano de apoyar a candidatos ideológicamente cercanos a la Casa Blanca como una estrategia de injerencia a favor de aliados sistémicos en un marco de reconfiguración geopolítica.
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