Nos estamos quemando

Un fantasmagórico sol rojo nos mira. No amanece ni atardece. Está en todo lo alto. La niebla que nos envuelve desde hace dos días no es tal, es humo. No podemos abrir las ventanas. La nariz pica y la garganta rasca aunque no las abramos. Da miedo aunque aquí el fuego no pueda alcanzarnos. Está a cuarenta kilómetros, pero acaban de declarar que por ahora es inextinguible, que apagarlo no depende de nosotros.

Esto lo escribí el sábado pasado cuando era muy fácil sentir en el cuerpo que eso que veíamos en la tele nos podía estar pasando a nosotros, que solo el azar nos había salvado por poco. Entonces la rabia y el dolor por lo perdido eran propios; el aire envenenado, de todos.

Después llegó el domingo y el aire había cambiado; era fresco y limpio. En nuestro pedacito de cielo el único rastro era el rugido constante de los medios aéreos. Si no fuera por él podríamos decirnos que lo soñamos, que la pesadilla había terminado.

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Pero no es así. El peligro no se ha acabado. Solo ha vuelto a enseñar la patita. Solo nos ha dejado ver un instante su poder desbocado.

Ahora volverán las acusaciones, volverán los intentos de política, volverán los hechos de politiqueo -bueno, esos nunca se han ido-. Seguirán zumbando en nuestros oídos como llevan haciendo toda la legislatura. Son como estos helicópteros que nos ensordecen, solo que en su caso lo hacen sin sentido.

La realidad........

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