No es la estrategia de Trump

Entre el estruendo de los bombardeos que arrasan Irán y los golpes de efecto de Donald Trump, es fácil pensar en el presidente estadounidense como el artífice de lo que se está  viviendo en Oriente Medio. Pero aunque Trump sea quien ocupa los focos, la estrategia – la verdadera, la de largo alcance─ la diseñan otros.

Improvisación de unos, estrategia de otros  

Detrás de este incendio hay un elemento de improvisación: el que atañe a la acción estadounidense. Sus objetivos declarados van del cambio de régimen a la "liberación del pueblo iraní" o al interés por los recursos, según el día y la hora en que Trump los enuncie. La senadora demócrata Elizabeth Warren admitió el 4 de marzo salir escandalizada de la última reunión a puerta cerrada en la que hubo de todo menos respuestas en torno a los objetivos de la agresión o su duración. "Estados Unidos no tiene un plan", señaló. 

El Israel de Netanyahu, en cambio, está lejos de la improvisación. Trabaja en un plan que ya fue expuesto por líderes como Amichai Chikli, Ministro de diáspora y antisemitismo, tras el 7 de octubre de 2023: "Las líneas de demarcación de Sykes-Picot, que se basaban en la distribución de áreas de influencia y recursos entre Gran Bretaña y Francia, no sobrevivieron la prueba del tiempo; las líneas de falla sectarias y religiosas, la ruta topográfica y el poder militar son los que ahora modelan las fronteras reales entre las diferentes poblaciones en la zona".

Es decir, Israel considera que los acuerdos derivados del orden colonial del siglo XX han fracasado y se arroga el derecho de rediseñar Oriente Medio a su antojo. Un plan que ya se ha consolidado en Gaza y está en curso en el resto de la Palestina histórica, en Líbano (que Israel ha vuelto a ocupar el 4 de marzo, causando cientos de víctimas y una nueva oleada de desplazamientos) y en Siria, donde Israel ha declarado apostar por el caos y la desestabilización del país.

Gaza no era un fin en sí mismo  

Que Gaza no era un fin en sí mismo, sino parte de un proyecto de reconfiguración basado en la supremacía israelí, llevan tiempo advirtiéndolo analistas palestinos y lo han manifestado abiertamente las propias autoridades israelíes. Ya en junio de 2025, oficiales del Ejército israelí declaraban que "el principal frente de batalla de Israel no está en Gaza, sino en Irán". Toda una declaración de intenciones que hoy ahonda en el ciclo de impunidad anunciado y ejecutado. 

Israel es el principal actor susurrando movimientos a Trump, pero no es el único. Hay otros interesados en la destrucción de Irán, principalmente Arabia Saudí, que lleva décadas en pugna con Irán por la hegemonía en la región. La monarquía saudí ha encontrado en la maquinaria militar estadounidense e israelí un modo de neutralizar a su principal rival histórico, aun a riesgo de que el incendio regional le alcance y termine volviéndose contra sus propios intereses.

Tanto el monarca saudí como las autoridades israelíes saben lo que funciona con Trump y cómo dirigirse a él: grandes prebendas y halagos a su ego. El propio secretario de Estado Marco Rubio insinuó recientemente que EEUU solo atacó a Irán tras ser informado de que Israel estaba a punto de hacerlo, algo que Netanyahu se apresuró a negar: "Trump es un gran líder, un líder enorme, ¿quién sino él va a iniciar esto?"

Esta sumisión de Washington a la agenda israelí ya quedó de manifiesto el pasado 20 de febrero, cuando el embajador estadounidense Mike Huckabee enfatizó que "Israel tiene el derecho bíblico a expandirse por Oriente Medio".

Para materializar esta visión, el plan se articula en torno a dos grandes estrategias sobre dos ejes regionales bien diferenciados. Por un lado el golfo arábigo o pérsico, una red de socios que hoy son más bien estados vasallos sometidos a distintos tipos de presión si no se pliegan a los intereses israelíes y estadounidenses. Desde los Emiratos Árabes Unidos hasta Bahréin, pasando por Qatar, estos países serán herramientas de las que disponer en tanto sean útiles o reporten beneficios económicos. 

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Por otro lado, el Levante o Creciente Fértil, donde la estrategia es de tierra quemada. Con estos últimos no se buscan acuerdos económicos o políticos, sino de exterminio y reemplazo de población. El 5 de marzo, tras la invasión de Líbano, el ministro israelí Bezalel Smotrich declaraba satisfecho que “Dahieh (barrio del sur de Beirut) se parecerá a Jan Yunis” (sur de Gaza).

Conviene tener clara esta arquitectura para saber dónde poner el foco y comprender la magnitud de lo que está en juego. Detrás del ruido que genera la Casa Blanca opera una estrategia calculada que exige a la comunidad internacional un alineamiento incondicional. En el contexto actual de enorme presión sobre Europa, y sobre España en particular, sumarse a este proyecto supone incendiar la región, sumir en la desesperación a nuestros vecinos en la orilla sur del Mediterráneo, y afianzar la impunidad en todo el mundo.


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