Desclasifícame otra vez

La Transición es un terreno propicio para las leyendas. Durante años, los medios nos administraron la sopa boba del discurso oficial, la fábula prodigiosa de la concordia y el pacto entre diferentes. Dicen que un puñado de prohombres tocados por la gracia de Dios nos obsequió con el nuevo régimen de libertades. Igual que un niño pide que le lean una y otra vez el mismo cuento, el pueblo llano gozaba con aquel folletín televisado, la muerte de Franco, la sonrisa de Suárez, la peluca de Carrillo, libertad sin ira libertad, la apertura de las urnas, el bigote marcial de Tejero, quieto todo el mundo, la noche de los transistores y la intercesión salvífica de Juan Carlos I.

Con el tiempo, la reputación intachable del soberano terminó por desmoronarse. Bajo la máscara de la campechanía, emergió el fantasma sospechoso de las comisiones y las sombras fiscales. La opinión pública se hacía de cruces entre noticias de amantes furtivas y cacerías africanas. El disgusto general fue tan unánime que el CIS aparcó sus encuestas para ahorrarle a la Zarzuela el embarazo. Si el mito feliz del juancarlismo había resultado ser un fraude, ¿quién nos garantizaba que la narrativa institucional del 23-F fuera cierta? ¿Quién iba a asegurarnos que la intercesión salvífica del rey no fue una tramoya, un embeleco, una farsa real, un truño historiográfico?

En estas, va el Gobierno de Sánchez y anuncia que sale a la luz toda la papelería del 23-F. No toda, es verdad, sino todo lo reunido hasta la fecha: informes con membrete, conversaciones con la capitanías e incluso algunas fotos. Eso sí, ni hablar de audios ni vídeos. Esta hojarasca documental tiene un valor notable, pero no definitivo. Por un lado, la historia no solo se alimenta de partes oficiales sino también de testimonios discretos.........

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