Los límites del poder imperial estadounidense en el Ártico

Las últimas semanas han dejado claro que las palabras de Donald Trump sobre Groenlandia ya no pueden despacharse como simples exabruptos políticamente estrafalarios. En paralelo a una operación militar estadounidense en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro —y que ha abierto un intenso debate internacional sobre su legitimidad jurídica— el presidente de Estados Unidos ha vuelto a situar a Groenlandia en el centro de la política exterior de Washington. Esta vez, sin ambages: la Casa Blanca ha reconocido que el uso de la fuerza está "siempre entre las opciones" para adquirir la isla ártica, considerada "prioridad de seguridad nacional", aunque otros responsables insistan en que la vía preferente sería una compra diplomática.

El escenario es inédito y profundamente inquietante. Un aliado de la OTAN, Dinamarca, y un territorio autónomo bajo su soberanía, Groenlandia, se convierten en objeto de un debate público en Estados Unidos sobre la posibilidad de un cambio territorial incluso por medios militares. La reacción europea ha sido inmediata y contundente: Bruselas y los gobiernos europeos han rechazado de plano cualquier intento de anexión o alteración territorial por la fuerza, recordando que "nada puede decidirse sin Dinamarca y sin el pueblo groenlandés" y reafirmando su compromiso con el Derecho Internacional y el multilateralismo. Una respuesta unitaria que, en los tiempos que corren, hay que valorar, aunque por ahora se quede en el plano dialéctico.

Conviene subrayarlo desde el inicio: Groenlandia no es una anécdota geopolítica ni una pieza menor en el tablero global. Con una población de apenas 57.000 habitantes, mayoritariamente inuit, disfruta de un amplio autogobierno desde 1979, reforzado en 2009, con competencias extensas en educación, salud y gestión de sus vastos recursos naturales. Dinamarca conserva la defensa y las relaciones exteriores, en un delicado equilibrio de soberanía compartida........

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