Desobedezcamos, cueste lo que cueste |
Necesitamos desobedecer la orden implícita de silencio que pesa sobre nosotras y que en este momento está afinando sus castigos contra quienes lo hacen. Necesitamos hacerlo colectivamente. Contamos con la tradición de muchas otras que vinieron antes.
Si las sufragistas no hubieran desobedecido, algunas hasta la muerte, muchas aguantando torturas, si no lo hubieran hecho, quién sabe cuándo habríamos tenido las mujeres derecho a votar. Nuestros derechos dependen de otras que han desobedecido, peleado, aguantado golpes y castigos e incluso han muerto. La inmensa mayoría de los avances fundamentales en los derechos de las mujeres han necesitado desafiar leyes, normas sociales o mandatos institucionales. O sea, desobedecer.
Lo mismo sucede con los derechos reproductivos o la protección frente a la violencia machista y la violencia sexual. La creación de espacios protegidos y refugios autogestionados, redes de apoyo y campañas feministas han desafiado durante décadas la indiferencia institucional antes de que existieran leyes específicas. Es decir, la desobediencia que transforma.
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Más. Las que quisieron acceder a las universidades, las que exigieron y consiguieron participar en profesiones como la medicina, la abogacía o la judicatura, las que estudiaron de forma clandestina tuvieron que enfrentar las normas de las instituciones académicas y la presión de sus compañeros. Desobedecieron.
Más aún. En la década de 1970, en muchos países de nuestro entorno —con España a la cabeza—, las mujeres encontraban enormes obstáculos........