Mirar a la muerte |
Hace unos días, recibí la aciaga noticia de que el padre y la hermana de un amigo muy cercano, el poeta extremeño Daniel Casado, habían fallecido en un accidente de tráfico. A Cayín y a Laura (menciono sus nombres porque la información es pública), de 74 y 48 años respectivamente, yo apenas los conocía; guardaba el grato recuerdo de una cena en común, pero nuestro contacto no sobrepasó aquella noche sentados en la terraza de un bar. Sin embargo, el dolor lograba colárseme por dentro a través del pesar de Daniel, mediante esos extraños mecanismos de trasferencia afectiva que nos vuelven radicalmente humanos: sufrimos con y por los demás, nos dolemos en una suerte de cadena simbiótica, un juego de manos trenzadas, justo lo que torna el vacío de la pérdida soportable en quienes lo sienten directamente. Al menos, no están solos, aunque el consuelo colectivo no sirva para curar ese corte en canal.
Desde el momento en que ocurrió la tragedia, no he parado de pensar en esa familia: cómo haré para expresar mis condolencias sin que las palabras se agarren a la superficialidad de una fórmula lingüística; ¿debería llamar por teléfono o mandar audio? –ya que me era imposible acudir al funeral–; y, sobre todo, de qué manera se asimila lo innombrable, transcurrido repentinamente........