Los inmigrantes no respetan nuestra cultura; los españoles tampoco
Uno de los clichés más manidos de la ultraderecha (y ahora también de la derecha de toda la vida) es que los inmigrantes deben respetar y admirar nuestra cultura. Se proponen tests de españolidad para otorgar permisos de residencia o ciudadanía e incluso se habla de elevar la exigencia de conocimientos culturales e históricos sobre España.
Podemos decir que, a grandes rasgos, existen dos conceptos de cultura. Por un lado, tenemos la definición de cultura como compendio de los productos del conocimiento y la creatividad humanas: puede ser poesía, filosofía, artes plásticas, arquitectura o música. El debate de lo que aquí entra o no entra es interminable e irresoluble, pero en general nadie duda de que Velázquez o la catedral de León son cultura en esta acepción del término. La cultura española, por tanto, comprendería todos los productos culturales realizados en España o por españoles.
Por otro lado, está el concepto antropológico, que es todavía más complicado. A grandes rasgos, se suelen incluir en él las costumbres, normas, valores, lenguas, formas de entender el mundo e instituciones de un determinado grupo. En los debates sobre inmigrantes y cultura predomina la segunda acepción, pero mezclada con la primera; por ejemplo, cuando un político defiende que los inmigrantes deben apreciar la cultura española. Uno puede apreciar y disfrutar de Velázquez más allá de su tradición cultural, pero vestir pantalones o comer entresijos de cordero no sé sí son rasgos inherente y universalmente apreciables ni creo que su rechazo ponga en crisis nuestra sociedad.
Si nos ceñimos al primer concepto, está claro que muchísimos españoles no respetan ni admiran la cultura española. Les parece estupendo que se derriben edificios históricos para especular, les da igual que un castillo se caiga a trozos y están en contra de subvencionar el arte, el libro o las excavaciones arqueológicas. Muchísima gente en España no ha leído poesía en su vida y declara con orgullo que el cine español es una mierda o la ópera un aburrimiento. Si aplicamos el criterio de cultura como conocimiento y creatividad, deberíamos deportar a la mitad de España. Mínimo.
Pongamos que hablamos de la cultura española en sentido estrictamente antropológico. Aquí deberíamos empezar por preguntarnos qué es cultura española. ¿Abarca sus variantes regionales? Si es así, habría que pedir respeto por el idioma asturleonés o el aranés. O por los fueros navarros, que vienen del siglo IX. Pero, cosa curiosa, los amantes de la cultura española suelen ridiculizar la promoción de las lenguas vernáculas y gritar "¡se rompe España!" cuando oyen hablar de fueros.
Claro, es que se refieren a los elementos que compartimos todos los ciudadanos españoles y solamente a esos. Perfecto, entonces eliminemos para siempre de la cultura española el flamenco, los toros y la paella. Es probable que nos podamos quedar con la tortilla de patata y los bares, pero no mucho más -los bares, por otro lado, un fenómeno tan español que existe en Alaska, Sudán del Sur y Camboya y el nombre viene del inglés.
De acuerdo, vamos a aceptar una selección de usos y costumbres regionales, pero lo más importante de la cultura española son sus valores de siempre. Bien ¿qué valores son esos? ¿cuándo empieza la tradición? ¿Con los vettones, los romanos, los visigodos, los Reyes Católicos o la Constitución de 1978? Porque unas veces nuestros valores son tardorromanos (la religión católica) y otros son de antes de ayer (la democracia liberal). ¿Cómo seleccionamos qué valores nos representan, debemos valorar y exigir a quienes vengan a vivir entre nosotros? ¿Qué valores podemos descartar y cuáles no? ¿quién lo decide?
Por si todo esto no fuera suficientemente complicado, cualquier antropólogo sabe que si algo caracteriza a una cultura es su capacidad para cambiar. Las culturas se modifican a distinto ritmo, pero lo hacen inexorablemente. Hoy la mayoría de nosotros no nos reconocemos en lo que se consideraba cultura (antropológica) española en los años 50, en sus valores morales, religiosos, políticos y sociales, en sus relaciones de género e identidades sexuales. Es más, muchos de ellos nos parecen execrables.
Es posible que los inmigrantes no respeten nuestra cultura, pero lo cierto es que los españoles, por un motivo u otro, tampoco lo hacemos. Más allá de los derechos fundamentales, por los que deberíamos luchar con uñas y dientes, el resto de la cultura, en cualquiera de sus acepciones, es un terreno abierto a la creatividad y la improvisación. Lo que nos caracteriza hoy es posible que no nos caracterice mañana. Cambiar está en la lógica cultural desde que existen seres humanos. Y está bien que así sea.
