Lecturas
En los lineamientos educativos de la presente gestión, se establece que todos los maestros deben coadyuvar a la enseñanza de la lectura, desde la propia área de Comunicación y Lenguaje hasta el área de Educación Física y Deportes. No obstante, no se dice cómo hacerlo ni se sugieren estrategias, aunque debemos reconocer que muchos colegios apelan a los planes lectores de las diversas editoriales.
Lastimosamente, la propuesta del Ministerio de Educación no termina de atender la problemática de fondo ya que ésta es mucho más profunda, pues se centra en la comprensión de lo que se lee, o más bien en la no comprensión de lo que se lee. Como se presenta en un artículo publicado por la Agencia de Noticias Fides, fechado el 6 de febrero de este año, se lee cada vez mejor, pero se entiende muy poco o nada (Cf. Leer sin entender: la nueva forma de analfabetismo que preocupa a la educación, ANF).
Dicha no comprensión, naturalmente, afecta a otras áreas y aprendizajes, pues impedirá el pensamiento crítico y la reflexión, aspectos muy necesarios para la vida cotidiana, en el que el bombardeo de sobreinformación así como de noticias falsas es cada vez mayor, reduciendo las conversaciones a meras opiniones y tomando por verdadera cualquier cosa que se diga en las redes sociales, sin indagar e investigar fundamentos y datos científicos.
Entonces, ¿cómo motivar a la lectura comprensiva si mucha de ella no es del gusto de los lectores nóveles?, ¿será que hay que renunciar al canon de los clásicos?, ¿será que solo se debe leer lo que a ellos les gusta? Jorge Luis Borges decía que, si un libro no nos llama la atención, no nos atrae ni gusta, hay que dejarlo, ya que la lectura debe ser un placer no una obligación. Entonces, ¿qué hacer en el caso boliviano?
Tal vez la respuesta está en un punto medio, en el que maestros y familias motivemos a la lectura, aprendamos a formular preguntas o elementos de interés que despierten la curiosidad por comprender aquello, por acercarse al libro que se les sugiere, por preguntarse y dejarse interpelar, ya que un libro, si después de leerlo no nos ha cambiado, es que no hemos entendido nada.
Lo anterior depende de un hábito y de un ejemplo, entonces, y para ir concluyendo, tal vez vale la pena preguntarnos: ¿tengo el hábito de la lectura?, ¿cuántos libros leí el año pasado y en lo que va del presente? De la respuesta a estas sencillas preguntas podremos darnos cuenta de si apoyamos a la transformación o también necesitamos ponernos en campaña.
Mgr. Rodrigo Alvaro Montes Rondón
Docente Carreras de Filosofía y Letras, Teología Pastoral y Maestría de Teología Pastoral
Universidad Católica Boliviana San Pablo – Sede Cochabamba
