Servidores públicos sin conocimiento para atender
Cuando se desea saber y cómo se adquiere el conocimiento, hasta ahora, son irrefutables las cogitaciones de Immanuel Kant, que fue un conciliador entre las tendencias del racionalismo y el empirismo.
El valor de pensar por uno mismo, tuvo su punto de inflexión en la Ilustración, definida por el mismo Kant como: “La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad”.
Kant nos exhortó repetidamente sobre el valor de servirse de su propio entendimiento, con la misión de conseguir que los estudiantes pensaran por sí mismos y nos legó claramente que él no enseñaba filosofía sino a filosofar.
La universidad es el ámbito ideal y adecuado para que el joven estudiante se concientice de su poder, y este poder es el conocimiento y con él la universidad debe constituirse siempre en el lugar privilegiado para la reflexión, pues dispone de la razón y de la maduración de su criterio para estructurar decisiones intelectivas que beneficien a toda la población y no a interés alguno. Esta es precisamente la independencia del universitario fundamentado en el conocimiento.
La población que sufre las malas administraciones y la prepotencia en el uso del poder de los servidores públicos, que atienden mal al usuario “que paga su sueldo con sus impuestos” se pregunta por la causa de esa abstrusa actitud; la respuesta categórica es la falta de conocimiento que asigna al servidor público seguridad en su gestión y, su ausencia, le obliga a eludir decisiones y responsabilidades y elige la dilación en los tramites y perjudicar irremisiblemente y sin reparo al ciudadano.
La misma falta de conocimiento es evidente en nuestros asambleístas, ministerios e instituciones como Derechos Reales, que procrastinan el progreso del país.
La educación superior, desde hace un tiempo, se ha erigido en un problema cardinal, serio por cierto, aunque siempre lo fue, empero, la percepción actual y el interés generan en la población ingente inquietud por el reprochable y desconsiderado marketing académico publicitando a universidades que ofrecen, sin poseerla, una educación de excelencia, con las excepciones que conforman la regla.
¿Cuál es la causa de ese desconsiderado marketing educativo que confunde y perturba a los padres y estudiantes?, es indubitablemente el mercantilismo y aflora la falsedad y el fundamento tergiversado que engaña.
Es una realidad incontrovertible que se ha abusado y se abusa del vocablo excelencia, terminando con desgastarlo y relativizarlo en su verdadera concepción semántica y rígida aplicación. La educación es el fundamento o sustrato elemental de toda sociedad directamente comprometida con el desarrollo del ser humano, como protagonista único de la creación; aquí subyacen los valores y la cultura.
Es cierto que no es sencillo introducir cambios en el sistema y, de acometer este propósito, conviene, en primera instancia, reiterando, situar en resguardo confiable aquello que ha superado la prueba del tiempo y demostrado su fehaciente utilidad con la aspiración teleológica de alcanzar el completo desarrollo del ser humano en formación.
Hoy, como nunca, existen herramientas tecnológicas que deberían suministrar respuestas a las necesidades actuales y las ideas nuevas necesitan ser puestas a prueba, pero nunca hipostasiarlas por el hecho de ser nuevas. Irresponsables diletantes, que no conocen la evolución del conocimiento en los humanos, propugnan reducir al máximo el tiempo de duración de las carreras académicas, eliminar las clases, reducir los tiempos de lectura, suprimir los exámenes o evaluaciones porque no mejoran la educación y terminan con el sistema tradicional.
Lo razonable sería incorporar casi inmediatamente los logros intelectuales obtenidos en otras culturas avanzadas que modifican constantemente los programas analíticos de estudio en las universidades, pues el pasado siempre interpela al presente.
Abogado, posgrados en Derecho Aeronáutico, Arbitraje y Conciliación; Filosofía y Política
