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Sociedad desconectada

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14.02.2026

Basta observar cualquier rincón de nuestras ciudades, para notar que el paisaje humano ha cambiado. Estamos juntos, pero ausentes. Compartimos la mesa, pero no el momento. Los ojos, que antes buscaban la complicidad del interlocutor, hoy están clavados en el brillo hipnótico de un aparato. Es el fenómeno de la "soledad conectada": un mundo poblado de amigos virtuales donde el individuo está más solo que nunca.

En Bolivia, la digitalización ha avanzado a pasos de gigante, pero nuestra capacidad de comunicarnos parece haber retrocedido en la misma medida. El intercambio fluido que antes nutría nuestras sobremesas ha sido desplazado por la tiranía del like y la frialdad del emoji. Hemos simplificado la complejidad de las emociones humanas a un simple sticker de WhatsApp.

Lo más preocupante es cómo hemos perdido la práctica de la tolerancia. Hoy, ante el menor disgusto o diferencia de criterio, la respuesta es el bloqueo o la salida estrepitosa de un grupo de chat. Es la "cultura del escape": preferimos el silencio digital como arma antes que el esfuerzo de expresar un sentimiento o procesar una frustración mediante el diálogo. Hemos perdido la paciencia para escuchar y, peor aún, la valentía para hablar.

Este vacío comunicativo ha parido un monstruo: el anonimato cobarde. Nos escondemos tras cuentas falsas para lanzar dardos con nombre y apellido, disfrutando del daño ajeno desde la sombra de una pantalla. El insulto digital se ha convertido en un deporte donde el trofeo es el reconocimiento de otros desconocidos. Nos regocijamos en denigrar al prójimo, olvidando que detrás de cada perfil hay una persona de carne y hueso.

Es urgente que recuperemos la palabra. No la palabra escrita con rabia y ocultada tras un seudónimo, sino la palabra dicha de frente, con el peso de la responsabilidad. Es hora de dejar el juego infantil de bloquear y abandonar grupos cada vez que algo nos incomoda.

Debemos aprender de nuevo a sostener la mirada, a tolerar el disenso y a expresar nuestras alegrías y enojos sin el filtro de una red social. Menos píxeles y más presencia; menos odio anónimo y más diálogo sincero. Solo así dejaremos de ser náufragos digitales para volver a ser una comunidad.

Abogada. Directora de la Oficina Jurídica para la Mujer y la Fundación Kallpa


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