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Mi foto con el muerto

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01.03.2026

Hay una urgencia extraña, casi obscena, en ser el primero en publicar la propia imagen junto al que acaba de morir. En la era del algoritmo, el silencio del funeral ha sido sustituido por el estruendo de las notificaciones. La muerte se ha convertido en el activo más rentable para el narcisismo digital: ya no importa quién era el difunto, sino cuán cerca de nosotros estuvo. Posteamos el recuerdo no para que él no sea olvidado, sino para que nosotros seamos vistos.

Esta conducta es apenas lógica en una sociedad cimentada en la desconfianza y la sospecha. Somos una comunidad que parece disfrutar de sus tragedias, pero que es incapaz de rendir tributo genuino a quienes destacan en vida. La regla no es el respeto, sino ignorar, minimizar o cuestionar al otro mientras respira. No tenemos memoria ni continuidad; para nosotros todo es ruptura, quiebre y una eterna "primera vez".

Institucionalmente, el reconocimiento al mérito es una ficción. Los premios y distinciones suelen ser el pago de favores o deudas adelantadas de camarillas, clanes y compadrerías. Por eso resulta cínico que quienes ignoran el talento ajeno cada día, sean los primeros en correr a colgar su “selfie de despedida”. Es una oda al ego disfrazada de pésame; el uso de un famoso como fondo para el autorretrato. Es el “yo lo conocí” utilizado como presea de validación.

Las redes sociales -que al igual que el alcohol en exceso, nos desnudan y muestran nuestras peores costuras- exacerban este narcisismo. La búsqueda frenética de likes y shares ignora por completo el dolor.

El llamado "duelo digital" es, en realidad, un luto de escaparate. Las plataformas controlan cómo interactuamos con las versiones digitales de los fallecidos, pero mi duda persiste: ¿es realmente dolor o es pura vitrina? No hay consentimiento del fallecido para este uso de su imagen, y mucho menos respeto por la privacidad de sus familiares. El ritual legítimo de la despedida se ha transmutado en puro exhibicionismo.

Al final, la mayoría de estas publicaciones no son homenajes. Son capturas de pantalla de una vanidad insaciable que convierte la muerte en un trofeo y el funeral en una pasarela. No se despide a un ser humano; se exhibe una conexión para reclamar un lugar en el mundo de los vivos.


© Opinión