¿Hosanna al Rey? |
Domingo de Ramos. Cuando Jesús entra en Jerusalén, a lomo de un burro, sus seguidores lo aclaman: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Hosanna en las alturas!”; o sea, “¡Ayúdanos, Rey de Israel!, enviado por Dios!” En los evangelios, uno no puede evitar la impresión de que esta proclamación de los seguidores de Jesús es un tanto presuntuosa.
En nuestros días, podemos escuchar (y hemos escuchado) a los seguidores de diferentes figuras políticas aclamando a su supuesto mesías. No con las mismas palabras, pero con las mismas ilusiones: tal figura política ¡acabará con la pobreza! y la otra, ¡acabará con la corrupción! No faltan los personajes públicos que conscientemente nutren estas expectativas, se hacen pasar por los favoritos del pueblo, de la economía, de los militares … Algunos inclusive se presentan como ungidos por Dios.
Al cabo de unos años nos damos cuenta de lo equivocado de estas aclamaciones. Los “mesías” de nuestros días, en la mayoría de los casos, resultan ser políticos ambiciosos, codiciosos y muchas veces corruptos, que defraudan las esperanzas puestas en ellos.
Jesús, a su vez, defrauda las ilusiones de poder y salvación a su propia manera. Es un rey muy inapropiadamente montado en un asno. No entra a la capital en un carro o a lomo de caballo, posturas más convenientes para un pretendiente al trono. Escoge la cabalgadura de los pobres, sumamente inconveniente para una acción militar o política.
En la narración de los evangelios, tampoco ocurre un golpe militar. Nadie en la ciudad acepta la proclamación del “rey” venido de Galilea, región de mala reputación religiosa. Al cabo de unos días, el profeta es torturado y asesinado en la cruz y acaba en la tumba. Solamente entonces, los discípulos –y en primer lugar las mujeres entre ellos– se darán cuenta de que han proclamado a un mesías casi imposible: un rey que reina desde la pobreza, la debilidad, incluso desde el ajusticiamiento en la cruz. Es un rey de la verdadera solidaridad con los de abajo y desde ellos.
El asno del Domingo de Ramos nos puede abrir los ojos para este camino de solidaridad. No debemos esperar una salvación fácil desde el poder económico y militar. Es la solidaridad de los pobres la que merece la aclamación “¡Hosanna en las alturas!”