Las que siempre me esperan
Aturdido por la contaminación de ofensas y mentiras de la politiquería que nos agobia; resuelvo frecuentemente desplazarme a mi cuartel de invierno, buscando paz y tranquilidad, a 1.350 metros sobre el nivel del mar, a 19 grados de temperatura y observando con admiración sublime a 360 grados, todo el verde de su majestad la tierra, amenizada por cantares gratos de aves que susurran mi sueño profundo, en señal de gratitud por lo que se tiene; aliados con el sonido delicioso que producen las tejas de Zinc, cuando desde el firmamento se desgranan aguaceros que nos dan la vida a todos los seres vivientes de la madre tierra y su entorno.
Después de 90 minutos de huir de la candela y el sofoco insoportable que nos propina el cambio climático y las habladurías de esta confrontación absurda y feroz, que azotan no solo la espalda, en las actividades cotidianas de nuestra querida comarca, sino nuestra salud mental; llego a mi tierra prometida. Aunque la verdad sea dicha, yo no llego a mi finca, soy recibido por decenas de novias que se visten de gala, para recibir a quien las ama, protege, dialoga amorosamente con ellas y las consiente permanentemente. Mis novias, son mis flores; y las preferidas son mis orquídeas, acompañadas de anturios, rosas y otras tantas, a quienes también quiero y se ponen celosas por mi preferencia orquideal; pero para tranquilizarlas yo les digo una frase que en vida repetía el difunto filosofo Diomedes Díaz: “En mi equipo no hay suplentes, toditas son titular”
Mucho antes de que el carro apague el motor, antes de que el perro ladre, o de que la puerta de madera cruja, ellas ya están ahí, formadas, erguidas, vestidas como para una fiesta que solo yo voy a ver, junto con Rebeca y Roberto, mis dos........
