Conversando con Ada Ferrer: Cuba, los cubanos y el diálogo contra viento y marea

Querida Ada, cuando tu libro Cuba, una historia americana obtuvo el premio Pulitzer, todos tus amigos y lectores en la isla lo celebramos como lo que era: un reconocimiento a lo mejor de la historiografía cubana en EE.UU. y a una de nuestras historiadoras más prestigiosas y entrañables.

Antes que en esa nota del periódico Granma que tú recuerdas, dos reseñas aparecieron en revistas muy conocidas, Temas y Casa de las Américas, redactadas por renombrados historiadores, Francisca López Civeira y Oscar Zanetti.

La reseña de Zanetti se convirtió en sus palabras durante la presentación del libro, el 6 de abril de 2023. El post que la recoge, en el perfil de X de Casa, acompañado por cuatro fotos tuyas, anunciaba que “la historiadora cubana Ada Ferrer dialogó en la Casa de las Américas con historiadores cubanos y estudiantes estadounidenses a propósito de la presentación de su libro «Cuba: An American History», ganador del Premio en 2022”. 

Ciertamente, allí se reunió una representación de “la flor y nata” (como se decía antaño) de los historiadores cubanos, junto a un montón de otros académicos y seguidores tuyos, algunos de los cuales intervinimos para comentar su significado y felicitarnos por tenerte entre nosotros ese día. Tus emocionadas palabras ante la abarrotada sala Manuel Galich aquella mañana de abril de 2023 nos conmovieron a todos.

El poder de convocatoria que congregó a tantos en la presentación de ese libro tuyo no fue solo tu rigor y audacia como historiadora, sino tus características personales, y en particular, tu honestidad intelectual. Porque en esta cultura cubana nuestra, más que de valores intelectuales, artísticos o puramente ideológicos, el prestigio depende de cualidades cívicas y de una proyección ética, especialmente cuando se apela a la unidad nacional y a fomentar un auténtico espíritu de diálogo. Como sabes, no todos los que abogan por un “diálogo nacional” las reúnen ni resultan creíbles. Mis respetos, como se dice aquí, por esos méritos difícilmente bien ganados.

Tus palabras aquel día en Casa me hicieron recordar nuestro encuentro, más de diez años antes, cuando pastoreabas un grupo de alborotados estudiantes de New York University, de visita en el Centro Juan Marinello, y al que me invitaste a impartir un cursillo sobre relaciones EE.UU.-Cuba. Entonces me anunciaste que ibas a ser madre (creo recordar) y me los confiaste para el año próximo. Acepté sinceramente honrado, y también contento por la oportunidad.

Siempre digo que no hay ensayo de diálogo nacional ni indagación sobre las relaciones entre nuestros países como enseñarlas a estudiantes de EE.UU., especialmente cuando entre ellos hay cubanoamericanos. Lo he ido aprendiendo desde que los tuve por primera vez en Columbia, hace ahora 35 años; en Harvard y en la Universidad de Texas (donde supe que habías obtenido tu maestría en Historia), hasta los estudiantes del Consorcio de Brown University, con quienes acabo de terminar un semestre en Casa de las Américas la semana pasada.

Ese ejercicio de aprendizaje y diálogo nos ha llevado a leer o releer juntos documentos históricos conocidos o recientemente desclasificados, entrevistar protagonistas y actores anónimos de ambos lados, revisar datos y contrastarlos, debatir en clase las tesis de los más prestigiosos historiadores y las visiones de “la gente sin historia”, y especialmente, someter a crítica colectiva “todo lo existente” en esa odisea colmada de conflictos e interacciones sociales de siglos que conectan nuestros destinos. Pues sin ese ejercicio conjunto difícilmente se entienden las revoluciones cubanas, ni a los cubanos en ninguna parte. Y mucho menos la historia del presente.   

Leyendo en tu carta al presidente la alusión a nuestras relaciones con EE.UU., como a family history, he vuelto a recordar las lecciones aprendidas de esos estudiantes míos y de sus familias, algunas de la más alta burguesía, con quienes he podido conversar apaciblemente en sus casas de Coral Gables. Así como las de mi propia familia.

Casi la mitad de mis tíos por parte de madre se fueron entre 1963 y 1967, llevándose consigo a mis primos, y a la que más sentí, mi abuela materna. Ella se fue sin quererlo, por acompañar a mi tía más joven, con dos niños chiquiticos. Había sido maestra de escuela pública durante las dos repúblicas antes de la Revolución de 1959, en zonas rurales y luego en el pueblo de Cabaiguán, la mitad del cual la saludaba por la calle con una reverencia porque lo había enseñado a leer y escribir.

Era una católica estricta, y por principio consideraba la política algo nefasto, pero también era la madre de mis tíos y de mi madre revolucionarios, y la viuda de un veguero arrendatario que lo había perdido todo en 1929, por no poder pagar la tierra. Así que no estaba ciega ni culpaba a Fidel Castro de todo lo malo, incluida la división familiar, pues esas diferencias estaban ahí entre ellos desde antes de 1959. Maestra al fin, sabía pensar.

Esa abuela, que me formó en todos los valores patrióticos, de justicia social y de conciencia cívica que puedo conservar, y que de comunista no tenía nada, solía decir que no había habido ningún gobierno (los había conocido a todos) que hubiera hecho tanto por la educación.

No sé si se llevó consigo la medalla por 50 años de magisterio que le otorgó el MINED, de la que estaba orgullosa, cuando partió, asistiendo a la más joven de sus hijas.

Mi corazón no ha dejado de estar con todos esos tíos y primos que viven allá.      

Como sabes, Ada, esas historias de familia no son siempre las mismas. La hemos vivido casi todos, cada cual a su manera, incluidos los que, pudiendo habernos ido, no lo hicimos; porque tuvimos la suerte de que no nos llevaran sin preguntarnos.

Yo mismo estuve a punto de transitar ese pasadizo sin regreso que atravesaron 15 mil niños y niñas, enviados por temor a que los mandaran solos detrás de la cortina de hierro, para terminar solos en cualquier parte de EE.UU., como le pasó a un primo mío, menor que yo. Mi madre, que solo tenía sexto grado, había recibido la carta del director de mi colegio presbiteriano, ofreciéndole acogerme bajo la sombrilla de las iglesias americanas y asegurándome un futuro brillante. Yo tenía 13 años, y con un empujoncito me hubiera ido. Pero ella la rompió.

En cambio, me embulló a irme como alfabetizador junto con mi otro primo, en las lomas del Escambray. Aunque en mi casa siempre me decían que “éramos pobres”, después de siete meses con aquellos guajiros generosos, habíamos aprendido lo que era la pobreza de verdad. Más que las consignas, el comunismo o el marxismo, que la mayoría de nosotros no entendía, descubrimos que esos pobres de la tierra eran el sentido de la Revolución. Cuando bajamos........

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