David Riondino y Cuba, la décima y el cine |
Como hubiera dicho el poeta Miguel Hernández, y repetido el cantautor Joan Manuel Serrat al cantar sus versos, digo yo: “En Roma, su ciudad y la mía, se me ha muerto como del rayo David Riondino, con quien tanto quería”.
Adiós, Riondino, mi mejor amigo.
Se dice fácil, pero duele hondo.
Una nueva orfandad, otro castigo.
Un pozo ciego y uno, yo, en el fondo.
Acabo de perder a un gran amigo.
Vine a verlo, llegué y ya había muerto.
Qué sábado tan lunes. Soy testigo
del más desconcertante desconcierto.
Hablamos por WhatsApp hace unos días.
Teníamos proyectos, más proyectos.
Estábamos venciendo lo imposible.
Pero la vida suma tropelías.
Pero la muerte tiene mil defectos.
Y el defecto mayor: lo irreversible.
Creo, sinceramente, que ese ente casi abstracto llamado “Cultura Cubana” —unas veces más abstracto que otras— tiene deudas con personas que ni siquiera sabe. Hoy voy a hablar de una de ellas: David Riondino. Advierto que no son pocos los artistas, promotores o activistas extranjeros que han sido conocidos y reconocidos por las instituciones cubanas y por la población, gente con una obra sólida y/o cierto reconocimiento público.
Pienso en la madrileña Pilar Zumel, un pilar de la canción de autor cubana en España; en el canario-leonés Maximiano Trapero, máximo promotor de la décima y el repentismo insular en Europa; o en la estadounidense Estela Bravo, quien hasta se nacionalizó cubana y nos legó una obra fílmica de hondo calado histórico y justificada trascendencia.
Pero la Cultura Cubana, así, en mayúscula, le debe al italiano David Riondino tanto como a ellos, y es una pena que muchos de los nuestros ni siquiera sepan su nombre. Y menos saben sobre su obra de profundo amor por lo cubano. En este artículo voy a centrarme solo en dos mundos que parecen distintos y distantes, pero que en la figura de Riondino se unieron por primera vez y para siempre el cine y el repentismo, para intentar que conozcamos y reconozcamos sus aportes.
Todavía yo no conocía personalmente a David Riondino cuando él hizo una de sus películas más reconocidas, que desde el mismo título es una declaración de intenciones: Cuba libre-Velocipedi ai tropici. Lo polisémico del título es una marca de la casa: ¿Cuba libre?, ¿el cóctel o el eslogan político? En todo caso, fue una mirada a Cuba con humor toscano, un guiño al neorrealismo (al Ladrones de bicicletas de Vittorio De Sica), una película que aún funciona como comentario metacinematográfico: intentar filmar Cuba desde los esquemas europeos reveló, precisamente, la imposibilidad de capturarla desde fuera.
En este filme Riondino no pretendió hacer un retrato profundo ni político de Cuba, de su Cuba y la mía, sino, más bien, una aproximación irónica, donde el verdadero objeto de observación son los propios italianos y su relación con “lo exótico”. Todo ello muy Riondino, muy teatral, muy crónica.
Nuestro amigo común Vladimir Cruz, me cuenta ahora, al respecto: “Él llegó a Cuba a finales del 95, a rodar su película Cuba libre, una especie de remake de Ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica, donde trabajé con él. Ahí conoció a todos mis amigos y toda la gente de cine y se quedó enganchado para colaborar con muchos de ellos”. Y luego rememora algo íntimo, que también lo retrata: “Mi primera vez en Italia fue con él, y me llevó a Roma y a Florencia, su tierra, por primera vez. Incluso, la primera vez que él fue al Vaticano, donde nunca había entrado, fue para llevarme a mí”.
Después de aquella aventura “en bicicleta” se sucedieron muchos viajes de David a la isla, enamorado del cine cubano y de un proyecto social que entronizaba con su espectro ideológico. Pero fue dos años después, en 1997, cuando Riondino descubrió, seguramente sorprendido, el repentismo. Lo descubrió conmigo, y no en Cuba, sino en Grosseto y Lerici, Italia. Nunca hablamos de esto, pero supongo que en su aventura fílmica cubana David no descubrió el mundo del punto guajiro, porque ese mundo y el mundillo del cine en la isla no se tocan; se reconocen, sí, pero no se conocen.
Fui yo, precisamente, ahora que lo pienso, quien más acercó, sin darme cuenta, dos mundos tan distantes. Con la excepción del dueto Justo Vega-Pastor Vega, padre-hijo, repentista uno y cineasta el otro; y de los clásicos documentales, Hablando del punto cubano, de Octavio Cortázar (1972) y La última controversia, de Sergio Núñez (1988), el cine cubano y el repentismo han dialogado poco.
Pero en los años 90, 91 y 92, yo, guajiro citadino, comencé a llevar el punto guajiro al mundillo teatral habanero, secundado por Emiliano Sardiñas y Bernardito Cárdenas, con espectáculos en el Karl Marx, el cine Teatro Acapulco, el ISA y algunas facultades de la Universidad de La Habana. Y entonces entablé amistad y relación profesional con grandes actores y cineastas que luego terminé arrastrando al mundo del punto guajiro, a la guajirá real, una fiesta bucólica y pintoresca protagonizada por los repentistas. Recuerdo hasta el simpático eslogan que nos inventamos José Antonio Roche: “¡Esto sí es repentismo, no el de Palmas y cañas!”, una defensa del repentismo puro frente a la improvisación guionizada y mediatizada del famoso programa.
Y así, poco a poco, les descubrí la magia de los guateques y las canturías a grandes artistas del teatro, la televisión y el cine cubano. Recuerdo el entusiasmo real de actores como Osvaldo Doimeadiós, Patricio Wood, Néstor Jiménez , José Antonio Roche y Renecito de la Cruz; o de teatristas como Carlos Cremata o teatrólogas como Lira Campoamor.
Creo que todos describían, asombrados, la teatralidad del repentismo, su componente escénico tan desconocido. Pero repito: no creo que David Riondino haya tenido la suerte de enlazar en la isla su ottava rima toscana (el equivalente a nuestra décima) con el punto guajiro nuestro, tan rural, tan alejado del ambiente cinematográfico.
Así que fue en Italia, en 1997, dos años después del rodaje y estreno de Cuba libre, cuando coincidió conmigo en un festival de improvisación en Grosseto, cuando se cierra el círculo: “Italia, Toscana, ottava rima, Cuba, La Habana, repentismo”. David y yo compartimos festival en Grosseto y Lerici, intercambiamos versos (endecasílabos, él; octonarios, yo), estrofas (octavas reales, él; décimas espinelas, yo) y risas bilingües. Y esto fortaleció una amistad que duró el resto de su vida y la mitad de la mía. Casi 30 años de amistad sostenida por varios pilares: la literatura, la improvisación, el........