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Collage Vigésimo Octavo sobre Rómulo Betancourt

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03.09.2020

(Llegó la dictadura: la Resistencia, el Exilio –IV-)

La ferocidad de la política represiva de la dictadura aumentó considerablemente durante el mes de octubre de 1951, llegándose a estimar que había más de dos mil presos políticos en las cárceles del país. Una nueva modalidad, de inspiración nazi, de privación de la libertad -la de los campos de concentración- alzó su sombrío vuelo. En años anteriores, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el penal de Guasina sirvió de centro de reclusión de extranjeros indeseables, el cual, a causa de “condiciones de insalubridad mortal”, había sido clausurado en 1943. Guasina es una de las islas del Delta del Orinoco, que se inunda con las crecidas del gran río y se convierte en una ciénaga-criadero de larvas al retirarse las aguas desbordadas, y con una temperatura ambiente que oscila entre los 38° y 40° C a la sombra. Es allí donde, en octubre de 1951, la dictadura reabre el penal y lo convierte en campo de concentración para confinar una porción de sus numerosas víctimas.

El primer lote de presos políticos, 446 venezolanos, llegó a Guasina el 8 de noviembre de 1951. Venían en el barco (vapor, como se decía entonces) ‘Guárico’, que había partido de La Guaira y recogió prisioneros de cárceles de varias ciudades del oriente del país. El segundo lote, que alcanzaba a 312 presos, procedentes de cárceles del occidente del país y del Estado Carabobo, arribó a la isla el 16 de abril de 1952 en el vapor ‘Guayana’. Y en el mismo vapor ‘Guayana’, llegó después el tercer y último lote con 134 presos, procedentes de Caracas. Los presos –estudiantes, obreros, periodistas, profesionales universitarios- eran sometidos a un régimen de trabajos forzados y los huesos de cuatro de ellos quedaron enterrados en la isla. El 18 de diciembre de 1952, los presos fueron trasladados a otra isla del río, Sacupana, donde había condiciones de insalubridad menos duras, sin variar el trato inhumano que recibían de sus carceleros. Pocos días después, el campo de concentración fue clausurado, y los presos llevados a la recién abierta Cárcel Nacional de Ciudad Bolívar.

Rómulo Betancourt lapidó la barbarie que significó Guasina como testimonio infame de la vesania dictatorial. En su obra “Venezuela, política y petróleo” (página 490), después de compararlo con Dachau, el campo de concentración hitleriano que alarmó a la gente civilizada, escribió: “Ese campo de concentración estaba localizado en las selvas del Orinoco, sobre una tierra donde Venezuela deja de ser nación para devenir geografía, inhollada por la planta del hombre. Se llamaba Guasina esa nueva Isla del Diablo”. Con la diferencia, comenta Betancourt, que de Cayena, la Isla del Diablo francesa, pudieron fugarse algunos prisioneors, pero que de Guasina eso era imposible porque, además de estar rodeada de una alambrada electrizada, está circunvalada por los caños del Orinoco, “poblados de una fauna acuática feroz”.

La dictadura pretendió culpar a Leonardo Ruiz Pineda, Secretario General de Acción Democrática en la clandestinidad y Jefe de la Resistencia, del incendio del Miércoles Santo en la Iglesia de Santa Teresa ocurrido en el mes de abril de 1952, con el lamentable resultado de muertos y heridos. Leonardo, ante la falaz acusación que públicamente había puesto a circular el régimen, le dirige, el 17 de abril, una carta a su padre, donde le dice: “… Me ha preocupado pensarlo agobiado por la natural angustia que hayan producido las noticias mentirosas recientemente publicadas para sorprender a desprevenidos e ingenuos…Usted y todos los míos me conocen y saben cuál es mi formación espiritual y cultural…No me he inquietado ni acobardado por la intención de nuestros enemigos… No voy a renunciar a mi gran deber…........

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