Quiero ser narco (cuando sea grande) |
“Quiero ser narco”, dice la adolescente, en un tono que va de la broma al desafío sin escalas. Se lo dice a la activista y periodista María Galindo cuando ella pregunta sobre el futuro perfilado de la joven. La respuesta arranca un “me quiero morir” de la entrevistadora.
Pero ¿por qué se quiere morir? Si se lo piensa bien, es una respuesta propia de la época. Todas queremos parecernos a la Reina del Sur, por ejemplo. Cómo no. Guapa, poderosa, temida y millonaria. Y no solo pasa en la ficción.
Las mujeres cercanas al crimen organizado tienen un sello en común. Han pasado por el bisturí quizá más de una vez para mejorar los genes con que llegaron a este mundo. Suelen ser estrellas de las redes sociales y muestran una vida de diversión y lujos sin miedo ni vergüenza. Su cuerpo es tan poderoso como la billetera y el arma del galán que las exhibe. Ejemplo reciente: la sobrina de Marset. Y del otro lado, el chico de apenas 24 años que quería poder y dinero y fue asesinado sin miramientos en el Urubó.
En Ecuador, país que pasó de tener menos de cinco homicidios por cada 100 mil habitantes a más de 45 en tan sólo cinco años, las “muñecas de la mafia” locales emulan en todo el relato televisivo. Muchas “reinas del sur” convirtieron en novelas las páginas de los diarios.
El cambio en Ecuador fue radical y nada progresivo. Las muertes pasaron de 5 a 20 y luego a 40 o más, sin escalas. Y un buen día el infierno ya está ahí y no parece haber marcha atrás.
Bolivia, no. Nuestra tasa de homicidios se mantiene entre 4 y 5 durante años. ¿La mala noticia? Ese dato no es un escudo permanente.
Según los estudios que la empresa Prosegur viene haciendo en Latinoamérica —y que son accesibles en internet— la región es la más violenta del mundo. Y no porque las condiciones estructurales sean paupérrimas, ni porque la educación haya sido olvidada durante siglos, ni porque nuestras democracias sean débiles.
Cuando se compara la región con África, por ejemplo, muchos de los factores estructurales muestran menor desarrollo allí, pero los homicidios por violencia criminal no llegan a promedios tan altos (a excepción de Sudáfrica).
Lo que sucede —explica ese estudio— es que el crimen organizado en Latinoamérica ha demostrado ser “resiliente y tener una enorme capacidad de adaptación”. De ser negocios de narcos aislados, hoy el crimen organizado funciona como verdaderas transnacionales que diversifican sus actividades y generan una lata capacidad de comunicación e intercambio transfronterizo. Minería ilegal, tráfico de armas, extorsión, secuestro a todo nivel y escala, y tráfico de personas, en su mayoría mujeres.
Y todo ello crece y se multiplica en un ambiente fecundo, países sin estado de derecho, valores laxos, instituciones débiles —lo que las hace altamente vulnerables— y un sistema político infiltrado y servicial, entre otros dolores.
Además, y quizá sobre todo, está el factor cultural. El camino del crimen es más sexy. Así se lo vende en telenovelas, series, letras de canciones, corridos y literatura.
Nunca como hoy, por ejemplo, la mujer ha sido tan un commodity. En las altas esferas del crimen, las mujeres tienen poder en su cuerpo y su belleza. Y aunque de pocas se ha sabido que manejen los hilos; la mayoría lo hace desde el asiento del copiloto y con plena libertad. Pero tontas no son. La estupidez no forma parte del sex appeal como a mediados y finales del siglo pasado. Sobre ellas se escribe, se hacen series, películas y, fuera de la ficción, en la realidad de las redes sociales, se muestran como exitosas empresarias, emprendedoras o influencers.
Ese es el sueño de nuestra adolescente: tenerlo todo, y ahora. Solo hay que aceptar ser el trofeo de alguien y cumplir las medidas y condiciones estéticas que el modelo ha impuesto.
Otro será el cantar para aquellas que son una mercancía, en todo el sentido de la palabra, sin adornos ni glamour y que permanecen en cautiverio. Son simples “cosas” que se intercambian y no entraron al negocio por decisión.
Si los modelos se mantienen, la voz de la adolescente entrevistada se multiplicará. Si la laxitud de valores se mantiene y no comenzamos a frenar los pequeños hábitos que transgreden la legalidad, la cultura del crimen y la violencia seguirá expandiéndose.
Cuando una adolescente dice que quiere ser narco, no está hablando solo de su futuro. Está diciendo algo mucho más inquietante: que el crimen ya empezó a ganar la batalla cultural.
Entonces la violencia cerrará su puño sobre la sociedad y lo que hoy parece una exageración terminará devorando a varias generaciones.
La autora es periodista