Los dioses de la nación

Los incas se movían con pragmatismo con los pueblos sometidos: sus dioses eran incorporados a la teogonía imperial. Nada muy distinto de la costumbre romana. Y pese a la persecución de la idolatría por parte de los misioneros cristianos en América, el sincretismo fue también su norma.

Ya Nicolás de Cusa (siglo XV), mucho antes de la sustitución del latín por las lenguas vernáculas que adoptó el Concilio Vaticano II, aseguraba que para la unión religiosa era precisa la humildad intelectual y aprender la lengua y doctrina de los “infieles”. Así funcionó después la inculturación jesuítica. En China, Mateo Ricci vestía trajes de seda como la élite; se percató de que sus negras sotanas eran signo de baja ralea. Desde Juli, Puno, el padre Bertonio unificaba el aymara con su diccionario.

Cuando los argentinos de la empresa Quilmes compraron la Cervecería Boliviana Nacional (CBN), heredaron la oficina de Max Fernández. Incluía el sintetizador con el que un pianista amenizaba los almuerzos de don Max, no siempre para gusto de sus invitados. Lejos de echar a la basura toda la pintoresca memorabilia de Max, los gauchos acogieron la tradición que venía con las acciones de la CBN. Con la salvedad, desdichadamente, del sintetizador y del pianista, que quedó sin pega. El respeto a los ritos del lugar no daba para tanto.

Siguiendo buenos consejos, los gauchos armaron una sala con retratos de los sucesivos presidentes de esa empresa; Max Fernández el primero, destacado. Tal vez en la creciente transnacionalización de la CBN ya no cuiden así esos íconos nativos. Fue una práctica raramente sabia en esa raza de gerentes de terno brilloso, castellano lleno de anglicismos y, ¡ay!, ínfulas virreinales, aunque sin la inteligencia ni la formación de un buen virrey, pequeño detalle.

No todos quienes poseen voz pública cortan un tipoy para darse una ducha de atención al ego. Sin embargo, en términos simbólicos, hasta los bienintencionados pecan como gerentes forasteros recién llegados a un edificio lujoso de Equipetrol o Calacoto.

Por décadas, nuevos misioneros dictan los mandamientos a los que los “infieles” del oriente han de sujetar sus actividades agropecuarias. Los primeros apenas han visto fotos de ganado Nelore; en general viven de consultores o funcionarios, como los abogados de nuestros escritos. Poseen tanto conocimiento cotidiano de la vida de los miles de productores del agro como el que da un gomero en una maceta, salvo insignes excepciones. Tampoco se les ve interés de lidiar primero con los dioses de esa cultura extendida en Santa Cruz y Beni, para recién después pensar cómo hacer efectiva su labor “evangélica”. Su racionalismo los condiciona a insistir con sus breviarios. Si se les suma su creencia de que el bien solo está de su lado, podrían compartir un club con aquellos gerentes de humos virreinales.

Y para volver a las montañas, entre nosotros, paceños de clase media, hasta hace poco prevalecía el prurito de imitación cultural del primer mundo o de replicar el lenguaje plano y las modas de las burocracias internacionales. Cada invento de estas era implantado como un tótem autóctono. Ese complejo nos persigue desde que me acuerdo.

Por eso cuando Felipe Quispe hablaba nos dejaba patidifusos, agredidos, como Nilton Condori estos días con su potente y beligerante verbo. Pero el indianismo no ha sido un mal sueño en el occidente del país. Los dioses del nacionalismo aymara no son solo los que adora Condori, pero no han de morir, por más que se prendan velitas a la Diosa Razón.

Una de las postales enternecedoras de nuestro fracasado paso por La Haya fue la foto de familia de la delegación boliviana. Si bien había algún disfrazado, fue marcado el contraste con la homogeneidad del atuendo chileno: guardatojo, corbata, poncho, manta, sombrero de saó, lluchu, pollera, chamarra, chompita, bluyín, estilizado traje con pliegues de aguayo y marca Beatriz Canedo Patiño, montera; en fin.

Antes de imponer la arcadia de papel que cada quien imagina, en Bolivia está pendiente la integración de los heterogéneos santorales de tanta patria chica. Los misioneros del presente harían bien en meditarlo con humildad.


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