Del legado comunicacional de Jürgen Habermas para la democracia

A sus 24 años, Jürgen Habermas, que más tarde sería considerado el mayor representante de la segunda generación del Círculo de Frankfurt, elevó su voz contra el autoritarismo y confrontó al filósofo antisemita Martin Heidegger que había terminado sustentando al nazismo con sus ideas y su militancia.

“¿No es la principal tarea de los que se dedican al oficio del pensamiento la de arrojar luz sobre los crímenes que se cometieron en el pasado y mantener despierta la conciencia de ellos?” preguntó Habermas con vehemencia en el artículo que publicó al respecto en 1953.

A partir de ahí, su camino se orientó a la crítica de la sociedad contemporánea y al fortalecimiento de las potencialidades de la democracia.

En 1956 se incorporó al Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Frankfurt como ayudante de Theodor Adorno, pilar de la teoría crítica junto a Max Horkheimer. Este último, en ese momento, vio en Habermas a un radical de izquierda, por lo que al final consiguió que se retirara de aquel centro académico, sede del mencionado Círculo que pretendió al principio renovar y humanizar el marxismo.

En su primera obra de relevancia, Historia y crítica de la opinión pública, con la que obtuvo su habilitación docente en la Universidad de Marburgo, Habermas mostró en 1962 cómo a lo largo del tiempo se había ido ampliando la participación de la gente en la discusión de los asuntos de interés colectivo gracias a la constitución de lo que definió como la “esfera pública moderna”. Pero también llamó la atención acerca de que la presencia de la radio y la televisión debilitaron en el siglo XX la capacidad crítica de la opinión pública, que en las dos centurias anteriores más bien se formaba con base en la palabra escrita e impresa, más apropiada para la argumentación y el debate razonados.

La massmediatización, entonces, en la visión habermasiana, era un factor negativo para la calidad de la democracia, pues decía que cada vez más contribuía a la conversión de la ciudadanía en un público meramente pasivo, no interesado en las cuestiones de fondo, sino sobre todo atraído por las diferentes modalidades del entretenimiento, entre las cuales llegaron a figurar la información y la discusión políticas ya trivializadas. Así, en su concepto, la “industria cultural” criticada por Adorno acabó por tomar a su cargo la generación de climas de opinión manipulables y la esfera pública resultó otra vez, como en el medioevo, feudo de unos pocos.

En la década de 1960, con el surgimiento de la Nueva Izquierda europea que pluralizó al sujeto revolucionario más allá del proletariado y reivindicó derechos y libertades sociales diferentes de la sola redistribución de la riqueza, Habermas se hizo partícipe del movimiento joven alemán por la reforma universitaria, mas los estudiantes se distanciaron de él acusándole de ser insuficientemente izquierdista, tanto porque optó por la vía pacífica para el cambio social como debido a que colocó al progreso tecno-científico como una fuente de producción de plusvalía en paralelo a la que Karl Marx había hallado en la explotación capitalista de los obreros.

La opción de Habermas por una democracia basada en la formación dialógica de la voluntad política y en el propósito de repolitizar la esfera pública se hizo más evidente.

Emergió de ello otra de sus obras fundamentales, la Teoría de la acción comunicativa, que salió a luz en 1981 con un cuestionamiento profundo del creciente e incontrolable poder del capital y la burocracia que invadía (“colonizaba”) todos los espacios de las relaciones sociales cotidianas (el “mundo de la vida”) y con una interpretación sociológica innovadora que postulaba la importancia central del intercambio lingüístico en la construcción de los consensos democráticos y como componente clave, junto al trabajo, de la reproducción material de la vida humana.

Con su propuesta de la “racionalidad comunicativa” y sin terminar de descartarla, Habermas renegó de la “racionalidad instrumental” que, desde Max Weber, describía la acción social como un juego estratégico en que cada actor buscaba el logro calculado y eficiente de sus objetivos particulares. Contrariamente, propugnó como meta la consecución argumentada del entendimiento, lo que dio lugar a su planteamiento de una “democracia deliberativa” en que la interacción expresada en acuerdos desplazara en la política a la manipulación y la violencia.

Si bien este filósofo se ocupó ante todo de llevar a la concreción el programa inicial del Círculo de Frankfurt consistente en desarrollar una perspectiva de pensamiento crítica que fuera aplicable al análisis social, también hizo significativas contribuciones en la desmitificación de la presunta pureza del conocimiento científico, en la fundamentación de la ciencia social crítica y en el examen de la modernidad y el capitalismo, entre otros temas significativos.

Hoy que el mundo se enfrenta a nuevas amenazas autoritarias –no solamente de alcance local sino inclusive de magnitud global– y que atestigua otra fase de decadencia de la esfera pública por efecto de la “jibarización digital” actual con severas consecuencias para la democracia, cobran indudable pertinencia las proposiciones habermasianas en torno a la información periodística libre y orientadora, la ciudadanía movilizada y participante y la deliberación pública como claves democráticas. 

Jürgen Habermas, que a principios del presente siglo advirtió sobre el riesgo de que surja un poder internacional unilateral y monopolizador como el estadounidense de estos días, ha partido el pasado 14 de marzo a los 96 años de edad, pero dejó un desafiante legado intelectual y político. La pendiente edificación de una democracia comunicada hace parte de esa incitación.

El autor es especialista en comunicación y análisis político


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