Si son monumentos incómodos, ¿por qué mantenerlos? |
En relación al texto “Monumentos incómodos y pedagogía antifascista”, publicado en este periódico y firmado por Ramón Contreras, nos gustaría hacer unas consideraciones, sin que antes no mostremos nuestra sorpresa al comprobar que el autor haya dado semejante “caída del caballo”, y donde ayer “decía diego, hoy dice digo”. Si antes un acendrado defensor del derribo, hoy, un aguerrido resignificador del monumento.
En primer lugar, nos ha sorprendido el intento de disfraza el texto de “rigor pedagógico”, lo que, en función de lo que conocemos sobre este asunto, suele ser, en la práctica, una forma de parálisis crítica hacia el poder o una falta de voluntad política por cambiar el status quo que se analiza. Apelar a esa excusa del rigor sirve, con frecuencia, para rechazar lo que no cuadra en nuestra mente procustiana.
En segundo lugar, observamos que el texto refleja ciertos aires de superioridad moral, desde cuyo púlpito se sostiene que conservar la basura monumental del totalitarismo es un acto de valentía cívica, cuando bien podría ser una forma refinada de masoquismo histórico.
Para llegar a estas conclusiones provisionales, nos hemos fijado en aquellos puntos ciegos de su argumentación y que pasamos a exponer.
1. El fetiche del “objeto didáctico”
El autor trata los monumentos fascistas como si fueran piezas de un laboratorio controlado por no se sabe qué figuras, puras y castas como los ángeles del paraíso, incontaminados y limpios de cualquier ideología. No sabemos si lo pretende, pero parece sugerir que una placa de bronce o un código........