El duro precio de la fama |
Gracias a unos amigos comunes, tuve la suerte de conocer personalmente a Joaquín Sabina al comienzo de la década de 1990. “Aquí hacen las mejores lentejas de Madrid”, fue lo primero que me dijo con su voz ya rascada mientras degustaba en solitario, un domingo por la noche, esta legumbre en la mesa de una acogedora tasca a la que nos invitó a sentarnos. El bar se encontraba cerca de su domicilio y allí el cantante gozaba de una razonable privacidad.
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