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Etnografía del tedio

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22.07.2026

Hace algún tiempo, en un lugar próximo de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, asistí a un concierto de determinado tipo de jazz, en el que descubrí que la música era, en realidad, lo de menor interés.

No hablo de los malos conciertos. Ésos son otra cosa. En un mal concierto hay desafinaciones, olvidos, acoples, desastres memorables. El público se marcha. Al día siguiente todavía se acuerdan. No. Hablo de algo distinto. Me refiero a ese tipo de recital impecable, de excelente interpretación, pero emocionalmente inocuo. Música ambiental que uno sospecha que, si desapareciera durante treinta segundos, nadie advertiría la diferencia. Una suerte de hilo musical ejecutado por virtuosos. Conste, por tanto, que hablo de gustos. En este caso, el concierto respondía a un gusto muy minoritario.

No ayudaba cierta tendencia, muy extendida en algunos ámbitos culturales, a confundir profundidad con léxico esotérico. Hay presentaciones de artistas que parecen redactadas con el claro propósito de incrementar las consultas al diccionario. El cantante ya no interpreta; “deconstruye”. La voz no emociona; “interpela”. Y la crítica nunca afirma que alguien canta bien: prefiere describir tal fenómeno como “vocalista de inventiva hipnótica y polisémica”. Y es que, si uno entendiera la frase a la primera, el redactor probablemente consideraría que había fracasado.

Al cabo de pocos minutos el tedio hizo que dejara de prestar atención al escenario y me fijara en el público, con un nivel de análisis microscópico digno de entomólogo. Allí descubrí que una fauna sorprendentemente diversa mora en el aburrimiento. Veamos unos cuantos ejemplares.

Está el arrancapellejos, que transforma los padrastros de sus dedos en un proyecto de ingeniería de precisión, hasta dejar la yema en estado casi osteoarqueológico. Está el deambulador, individuo que se levanta con........

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