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El desconocimiento

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17.10.2021

Cuando más tiendes los brazos hacia el mundo, más se retira.
—Henry Miller

Lo primero que aquella mujer me dijo fue que esperaba a su hombre. No a su marido, no a su compañero o amigo, sino a su hombre. Se habían dado cita a las seis de la tarde y, después de dos horas de retraso, todavía albergaba esperanzas de que él llegara. En realidad no le pregunté nada; cometí la torpeza de pedirle un cerillo para encender mi cigarro y así, mientras hurgaba en un bolso blanco repleto de cosas, empezó a contarme su “maravillosa historia”, como ella la denominaba.

—Es la única de mis historias que está llena de milagros —dijo—, que es como la de todos. La historia siempre repetida del amor, ¿no te parece?

Tenían poco menos de un año de conocerse y, desde entonces, se habían dedicado a perfeccionar el viejo rito de tocar a otro, verlo, sentirlo, temblarlo. La banca del parque donde estábamos platicando era su punto de encuentro y, de aquí, usualmente se iban caminando al hotel más cercano sin hablar demasiado.

—De qué sirven las palabras en estos casos, ¿dime? —su lógica me hizo guardar silencio. Mientras tanto, me dediqué a fumar y a mirar las nubes y a oírla como quien oye pasar el tiempo. No tenía absolutamente nada qué hacer y la historia de la mujer del parque me hacía las horas dúctiles, blandas, como la lluvia que se presentía de lejos. Pensé que la mujer era o una idiota o una loca, en realidad no le di importancia. Cuando las primeras gotas empezaron a caer, tímidas y pegostiosas, ella decidió que la espera había sido suficiente. En el acto, de la misma forma distraída y fácil con la que empezó a hablarme, me invitó a tomar unas copas. Salimos corriendo.

—¿Sabes? Es una lástima que no me haya visto hoy —mencionó con palabras entrecortadas por los resuellos. Nunca había estado tan hermosa. Mira.

Se detuvo de improviso bajo la lluvia para señalarme el carmín de labios, los rizos sedosos de su cabello y, levantándose la falda de grandes flores color púrpura, me mostró las medias que cubrían sus piernas.

—Son nuevas. No tienen ningún rasguño, ¿te das cuenta? —detenidas como mármol a punto de volverse piel o viceversa, las piernas parecían huérfanas—. Me habría gustado tanto que él se diera cuenta de eso al acariciarme los muslos —mencionó con los ojos clavados en sus propias rodillas.

—Sí, es una verdadera lástima —le dije por toda respuesta y la jalé del brazo derecho para seguir corriendo.

El bar era en realidad un hueco en un resquicio de la ciudad, un lugar de techos bajos y susurros entrecortados. No me fijé en el nombre y casi ni pude observarlo porque la mujer del parque pidió dos whiskys tan pronto como nos sentamos.

—No te preocupes —me avisó—, traigo suficiente dinero. Además, ¿ves al mesero? Fue mi amante hace algún tiempo. Un hombre bueno —el silencio espantó las palabras por un momento y, después de unos minutos largos y delgados como orillas, continuó—. En realidad era muy seco, lleno de juicios perfectos sobre todos los acontecimientos del mundo; cualquiera se hubiera aburrido de él como lo hice yo. Nadie lo soportaría por más de dos meses, ni tú que te ves tan paciente y juiciosa —aseveró. Su comentario me hizo reír con gusto y con sorpresa a la vez y así, aún con la boca abierta, brindamos. La cereza danzando en el fondo del vaso se convirtió de repente en un enigma, la parte perdida de una caligrafía complicadísima.

A través del humo de mi cigarro observé su rostro mientras se empinaba el primer Manhattan como si fuera agua. Me impresionó su nariz fina, larga, puntiaguda, como si estuviera acostumbrada a decir mentiras; una nariz aristocrática o extranjera, de ningún modo parecida a los promontorios chatos o rectos que inundan la ciudad. Me impresionaron las mejillas tersas salpicadas de pecas, los labios gruesos cubiertos de un carmín pálido, rosa como coral. Me impresionaron sus ojos risueños,........

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