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Y al polvo regresaremos

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26.09.2021

Cuando por primera vez mi tío Cipriano escuchó a alguien hablarle en otro idioma, pensó que de plano ahora sí se le habían pasado las copas. Sabía que existía el inglés porque le habían contado que al otro lado de la frontera “los güeros” hablaban diferente, pero nunca se había enfrentado a la vorágine de Babel. Por eso enmudeció en el momento en que el policía francés, en los albores de la Gran Guerra, le pidió sus papeles en la minúscula y aterradora frontera de Irún. Con esos antecedentes de inexperiencia parecería mentira que hubiera cargado con el tesoro por la mitad del país, lo ancho del Atlántico y un buen trecho español. Aun así, el pobre tío Cipriano —que nunca ansió la aventura y la tuvo como destino— fue a dar con el ajetreo por crédulo. Porque se le hizo música la política y se embelesó en la ideología que quiso creerle a su causa y a su abanderado. Y, nada, al final estos amores se le hicieron más fuertes que cualquier miedo.

Era el segundo de cuatro hermanos. El vientre de mi abuela, como adelantándose a lo que iba a pasar en el sistema presidencial del país, se hacía fértil cada seis años. Entonces, mi tío Tomás (el mayor) le llevaba dieciocho años a Alicia (la menor y mi mamá), y entre ellos estaban Cipriancito (como al pobre le apodaron hasta en la reminiscencia forzada de su desaparición) y la tía Leonor. Ninguno de los hermanos de mi mamá tuvo descendencia conocida; sólo ella y yo. Por eso no sólo cuento con la libertad, sino que tengo la obligación de confesar esta historia que adquiere derecho a nacer ahora que todos ellos han muerto. Mi abuela Teresa vivió con la mente entretenida y los sentimientos quietos. Yo no la conocí en físico: su cuerpo se fundió con el tiempo trece años antes de que el mío respirara por primera vez. Sin embargo, la recuerdo nítidamente, como si en serio la hubiera vivido y no fuera más que el mito que siempre ha sido. A su existencia le tocaron épocas de ontradicciones y no tuvo más remedio que actuar en consecuencia: armonizando con lo que la vida le iba dando. En esos años a México le entró generosidad en el desgobierno y tuvo, desde su formación en 1821 hasta el nacimiento de mi abuela en 1868, casi cincuenta administraciones con repeticiones de presidentes que un día eran conservadores y al siguiente mejor no. Además, la incipiente patria estaba de moda, pues toda potencia occidental que se dignara de serlo tenía que intervenir, de manera directa o indirecta, en los queveres nacionales.

De esta forma, producto de una de estas injerencias que sacudieron al país en el siglo XIX, nació ilegítimamente mi abuela, sentenció en mayúsculas y con tinta negra el novedosísimo registro civil en su acta de nacimiento. Su padre, junto con cientos de congéneres blancos y barbudos que seguían la ruta comercial en disfraz militar, llegó a Acapulco a bordo de la corbeta Galathée en inverosímil itinerario francés desde Argelia, y en cuanto pudo abandonó las filas marciales para buscar el sueño de oros y minas que refulgía en la altiplanicie mexicana… Y, ya de pasadita, para encargarse de su propia intrusión en las faldas morenas y lampiñas que facilitaban las campesinas fecundas del centro del país. Una de ellas, mi bisabuela, decidió que, después de ser madre soltera de seis hijos, cargar con un estómago extra era algo que ni siquiera iba a rumiar, por lo que en cuanto nació Teresita no encontró mayor propósito que ponerle nombre cristiano y despedirse a perpetuidad de ella a los diez días de nacida, después de una caminata de dos ampollas, bajo una de las frágiles campanas que acariciaban los densos portones del Convento de Bucareli. Sin más preámbulo, mi abuela creció al amparo de la leche de burra, los dichos con los que toda la vida vocalizó su razón y las historias de santos —y no tanto— que las monjas le contaban; y, junto a ellas, elevó para la posteridad su imaginación al grado de certidumbre.

Su infancia transcurrió con una trivialidad hermética en medio de las rutinas felices del convento, queriendo a las religiosas que la arropaban con sus sonrisas chimuelas y sus pechos acojinados, obedeciendo sin miramientos a la madre Benedicta (aunque de pronto chocaban en las pompas de las niñas los votos de castidad, obediencia y pobreza de la monja, que venían anudados en el cordón al cual llamaba “la Justa Razón” y que a veces era todo menos eso). El trajín en Bucareli le descubrió a Teresa una de sus cualidades que a ella se le transfiguraba en un defectazo con el que estaba de acuerdo en vivir. A mi abuela le chocaba que la regañaran porque le daba vergüenza ser el centro de atención, para bien o para mal. Así que, con tal de evitar exponerse aprendió que, para llevar la fiesta en paz con la vida, era mejor esforzarse, pero poquito, y entonces sí dejar que el destino tomara el timón. Cosechó la moraleja de la experiencia en las labores domésticas que más le causaban pesar, como el lavado de la loza. Era preferible dejar los jarros un poquitito........

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