El análisis electoral |
En la jornada electoral barcelonista del pasado domingo hubo dos aspectos que no estuvieron a la altura de lo que debía ser una cita ejemplar para el club. El primero fue el incomprensible e injustificable uso de la carpa electoral por parte de Joan Laporta. En un contexto con una oposición más sólida, ese comportamiento habría sido cortado de raíz desde el primer momento. Sin embargo, Víctor Font no lo exigió, evidenciando una preocupante falta de recursos, determinación y capacidad de reacción que, sin duda, terminó influyendo en el resultado final. La Junta Electoral, por su parte, también falló al no intervenir de inmediato. Si el club se considera a sí mismo un referente democrático, no puede permitirse tolerar la utilización partidista de un espacio que debería ser estrictamente neutral y respetado por todos.
La escena de Hansi Flick, comprobando su papeleta y mostrando incomodidad gestual ante la actitud de Laporta, quedará como una imagen simbólica de lo ocurrido. El segundo punto es aún más preocupante. Laporta, visiblemente eufórico tras obtener una amplia mayoría (32.934 votos, un 68,18%), no dedicó ni una sola palabra a los votos obtenidos por su rival, Víctor Font (14.385 votos, 29,78%), ni a los votos en blanco (984, 2,04%). Sin embargo, todos ellos representan mucho más que simples cifras. Son votos de advertencia, emitidos por socios tan comprometidos con el club como el propio Laporta. Reflejan un malestar real, dudas sobre la transparencia financiera, sospechas en la gestión deportiva y los traspasos, una ejecución cuestionable de las obras del Espai Barça y una forma de ejercer la presidencia que muchos consideran alejada del espíritu de la entidad.
Como ganador legítimo de las elecciones del 15 de marzo de 2026, Laporta debería haber reconocido ese descontento y haberse comprometido a corregir, mejorar o revisar aquellas áreas en las que existen críticas fundadas, incluso aunque él mismo sea consciente de algunas de esas carencias. En cualquier sistema democrático, los votos en contra no son un obstáculo, sino una herramienta imprescindible de interpretación. Son los que señalan lo que no funciona, lo que incomoda y lo que una parte, aunque sea minoritaria, se atreve a cuestionar. En esa lectura reside la verdadera calidad democrática de un liderazgo. Los resultados electorales indican qué quiere la mayoría, pero la historia demuestra que ganar unas elecciones no garantiza necesariamente acertar en la gestión posterior. Ignorar las señales de alerta que envía una parte del electorado suele ser el primer paso hacia el error.
Laporta tiene ahora la oportunidad de no caer en ese error. A pesar del respaldo recibido, haría bien en revisar determinados aspectos de su gestión. Además, la participación, 32.934 votos, sigue evidenciando que el club aún tiene margen para implicar a un mayor número de socios en la vida democrática. Laporta ha ganado. Ahora le toca demostrar que también sabe escuchar. Porque en democracia, ganar no lo es todo; entender por qué otros no te votaron lo es casi todo.