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Que duele, ¡duele!…

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monday

En un barrio empinado de la ciudad, bajo el techo de zinc en una humilde vivienda de adobes desnudos y pisos desajustados, vivía la familia Martínez, o, los Martínez como los llamaban los vecinos. En tiempos pretéritos, don Pedro Martínez había migrado con su esposa y sus hijas a la ciudad tratando de huirle a la violencia desatada en otras agrestes montañas; después de adaptarse a la vida citadina y aprender a sortear las necesidades del día a día, se había acostumbrado a madrugar desde las tres de la mañana para salir a reciclar. El madrugón tenía un propósito, llegar de primero al lugar donde la gente ponía la basura, antes que pasara el camión recolector. Esto le permitía esculcar entre desechos, sobras y despojos, recolectando todo aquello que le pudiera servir para llevar sustento a su hogar.

Don Pedro nunca descansó en todos aquellos años de trabajo continuo, incluso los domingos y días festivos los dedicaba a vender mangos viches con sal, confites, galletas y otras cositas más en las afueras de la iglesia del barrio, muy cerca de una cancha de fútbol donde pululaban niños y jóvenes mecateros.

La vida de los Martínez........

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