Constitución y cine italiano |
31 de marzo 2026 - 03:08
En sus Histoire(s) du cinéma, Jean-Luc Godard sólo permite al espectador un momento de verdadera rienda suelta emocional durante su collage, y es a propósito de Italia, del cine italiano. En la Europa de postguerra muchas naciones tenían que buscar la forma de mirarse a sí mismas sin vergüenza, Italia era una de ellas y una película, Roma Citta Aperta, de Roberto Rossellini, encontró esa fórmula visual de reconciliar la identidad. La lengua Virgilio, de Dante, nos dice Godard, se transformó en imágenes y, rodando la patria de abajo arriba, es decir, desde los italianos, entre el documento y la alegoría, la Nación pudo reconocerse. Pero no es sólo una forma –la neorrealista– lo que lega Rossellini al cine y a su país. Cuando nos muestra a la mujer del comunista confesando a un camarada que ella cree en Dios, poco antes de ser asesinada; y cuando filma al sacerdote dando la extremaunción a un comunista, poco antes también de ser él asesinado, Rossellini, en 1945, un año antes de que Italia tuviera su asamblea constituyente, ya había dado una mitología al orden moral y jurídico sobre el que se iba a reconstruir el país. La Resistencia, el antifascismo, las creencias, la comunidad... como refutación al nihilismo y a una idea totalitaria del Estado. Los trabajos parlamentarios para la Constitución republicana son un pequeño manual prospectivo del derecho público europeo. Pocos exponentes hay de una fricción entre lo político y lo jurídico que tengan mayor altura intelectual que la que ahí podemos hallar. Se podría pensar que en ello radica la razón de por qué en Italia, como en ninguna otra nación europea, la Constitución ha sido objeto de culto. Y no me refiero aquí a la idea aséptica de patriotismo constitucional que esbozó el difunto Habermas. En Italia la Constitución tiene algo de fetiche, de símbolo sentimental de integración, y, por ello, allí ha sido común algo impensable entre nosotros, que los partidos acudan a la iconografía constituyente para reivindicar la confianza de los ciudadanos. La Constitución española no es peor que la Constitución italiana pero no posee ni una estética ni una mitología. Tanto Renzi como ahora Meloni han querido reformar la Carta Magna introduciendo modificaciones que afectaban a la imagen del mito. Ambos perdieron la apuesta. Es probable que alguno se extrañe de que, en las calles, jóvenes cuyos padres ni vivieron la constituyente, celebraran el “no” a la reforma cantando el Bella Ciao y cosas por estilo. Mucha culpa de ello, no lo duden, es de Roberto Rossellini y de il grande cinema italiano.
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