Shiraz II
07 de junio 2026 - 06:31
No he podido pasar página sin trasmitirle al lector el mundo de sensaciones que Shiraz deja en el visitante. Alguien dijo que Shiraz no es solamente una ciudad. Es una manera de imaginar el mundo, jardines junto al desierto, música en la noche, vino contra el fanatismo y rosas que sobreviven al imperio del tiempo.
Nada iguala el declinar de una tarde de cobre y violeta, cuando el sol de Persia, fatigado de incendiar montañas desnudas y llanuras de polvo dorado, desciende lentamente tras las colinas de Fars como un soberano antiguo que abandona su trono entre perfumes y música lejana. Nada hay en Oriente, ni en las ciudades del Levante, ni en las orgullosas plazas de Anatolia, ni aun en las márgenes voluptuosas del Nilo, que prepare verdaderamente al espíritu para la aparición de Shiraz. La ciudad no se revela de golpe: se insinúa. Primero llega el aroma de los naranjos; luego el murmullo de los jardines escondidos tras altos muros de adobe; después el canto del agua. Finalmente, entre cipreses oscuros y rosales iluminados por el crepúsculo, aparece la ciudad como una visión nacida del vino y de la poesía. Aquí comprendí a Hafez. Y aquí vibré con los versos de Lord Byron: “He soñado con jardines persas / donde el vino tenía color de rubí. / Tal vez Shiraz exista todavía / detrás del polvo del tiempo”.
Las calles de Shiraz no poseen la severa geometría de las ciudades occidentales; serpentean como versos recitados en voz baja. A veces son estrechas y sombrías, cubiertas por balcones de madera tallada; otras veces desembocan súbitamente en plazas donde una fuente canta bajo plátanos antiquísimos. Y limpias, la ausencia de suciedad en las calles es proverbial. Signo de un pueblo educado. El viajero europeo cree entrar en un sueño organizado por perfumes: rosas, menta, azafrán, humo de sándalo, pan recién cocido.
Las gentes caminan con una gravedad........
