Zapatos de otros
05 de abril 2026 - 03:09
Domingo de Resurrección… de la realidad. Hemos conjurado los temores por el desplome del turismo cofrade, o eso parece a través de la televisión. Entre el viaje a la Luna de Artemis II, con el “tigre” atascado, los drones de guerra y las bandas de séquito procesional, abril ha comenzado caldeado. Cenacheriland regala una tregua de cielo despejado en un mundo cada vez más inexplicable. La Tierra sigue girando sobre los mismos ejes de siempre: conflictos que, de momento, van puliendo la calidad de vida con papel de lija. Ya llegará la gubia de la escalada de precios para adelgazar el poder adquisitivo. Aun así, la mayoría se ha lanzado a las calles para celebrar y tirar millas. El comentario generalizado gira en torno al “semanasantódromo”, con tanta tribuna y silla de pago que apenas deja ver las procesiones en el cogollo del cirio. Así daba cera, con disgusto el humorista y presentador Manolo Sarriá. Desde luego, lo de la penitencia, con tanta aglomeración populosa, trasciende el fenómeno nazareno. Porque, aunque sea solo como espectador, también tiene su mortificación engalanarse y que te pisen los callos durante el interminable trajín callejero. Se entiende que ponerse en los zapatos de otro es una muestra de empatía.
En estos tiempos de paisanaje en “tenis”, usar unos mocasines o unos oxford de esos con los que uniforma el presidente Trump a su equipo de iluminados debe de ser una tortura para los pinreles. La zapatería Gody tenía el eslogan de “vístete por los pies”. Para patear la rúa de arriba abajo, antes que la moda anda la comodidad. Como cada uno tiene sus manías, a mí me gusta mirar a las personas a los ojos… y a los zapatos. No de arriba abajo, tasando logos de marca. Me fijo en la pulcritud de la mirada y en el cuentakilómetros de las suelas. Me da igual que el tacón pida tapas nuevas; es más, ese es síntoma de actividad. Ya me podía aplicar a mí mismo el cuento. El apunte viene a tenor de que demasiados de los personajes que nos dirigen pisan más moqueta que pavimento. Están acostumbrados a la mullida alfombrilla de coche oficial y luego pasa lo que sucede: creen que están al tanto de la calle leyendo estadísticas e informes pelotilleros. Sus zapatos siempre lucen impolutos, sin arrugas, como de boda recién estrenados. Y eso, querido lector, es un reflejo de apoltronamiento, peor que la desidia.
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