La identidad que dinamita

Presumo que, en estos días aciagos, varios han invocado, como coartada a su fundada bronca contra quienes nos bloquean y asfixian en revancha histórica, las palabras a estas alturas ya manidas, de Alcides Arguedas, que diagnosticó a Bolivia como un “pueblo enfermo”.

Arguedas explicaba el fracaso y la inestabilidad, que parecían hacer inviable este país, entre otras razones, por el fatalismo y la carencia de una identidad común.

Esa misma carencia de la que habla con triste claridad el escritor paceño Willy Camacho: “Durante años, el discurso político boliviano –sobre todo desde el ascenso del masismo– convirtió el ‘hermanos bolivianos’ en una especie de mantra nacional. Evo Morales hablaba así, los dirigentes campesinos hablaban así, los sindicatos hablaban así; los interculturales, los maestros rurales, las organizaciones sociales: todos éramos hermanos. El término se volvió una contraseña moral, una forma automática de fingir comunidad, de fingir unidad, de fingir que compartíamos una misma visión de país”.

Solo que, como diría el mismo Willy, a un hermano no se le lanzan piedras en la cabeza, no se le impide trabajar, no se le bloquea el alimento ni el oxígeno; a un hermano pequeño llevado en ambulancia no se le impide el paso para acercarlo a la muerte, a un hermano con síndrome de Down y a otro con autismo no se los golpea, a un hermano no se lo deja desfallecer al grito de “que se muera el enfermo”, a un hermano no se lo masacra........

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