Figuras ocultas

Desfile de falleras en la Ofrenda a la Mare de Déu en València. / Levante-EMV

Se llama María José y tiene una edad indefinida, aunque calculo que es más joven de lo que aparenta. La he visto un par de veces al acompañar a mi hija a las pruebas del corpiño fallero que esta mujer le ha cosido para estas fiestas. Cose en su casa, como miles de mujeres lo han hecho durante años. Como hacía mi madre, aunque en su caso no profesionalmente. María José sí lo es: una modista experimentada, aunque sin rótulo en la puerta de «indumentarista». Lleva años cosiendo trajes falleros en una suerte de taller improvisado en su vivienda: al final del comedor, en un rincón que debió ser un balcón que ella ha cerrado. Un espacio pequeño, lleno de telas, hilos y un televisor que vomita tertulias y noticias truculentas. Supongo que lo tiene de fondo, como quien pone la radio, para no sentirse sola en las largas horas de ajustar corpiños o sacar bajos.

El de mi hija será, dice, el último que cosa. Ha decidido colgar los alfileres. Está cansada, y se le nota. Arrastra desde hace años dolores de espalda y brazos por el peso de esas telas que parecen diseñadas por el enemigo. No he intimado con ella, ni sé más que lo que veo, pero imagino una vida de costura que pasa entre esas cuatro paredes. No sé si María José ha vivido las fallas desde el otro lado: el festivo, el del escaparate, el del ruido y los olores. Diría que poco. En el calendario, las fallas —qué paradoja— conviven con el 8 de marzo y el mes de los actos por la igualdad. Dos mundos que se solapan, pero se repelen. Recuerdo que la legislatura pasada se trató de trabajar en unas fiestas más inclusivas con algunas iniciativas valorables que han quedado en el tintero. Pero, además de desterrar la cosificación de mujeres y niñas en los ninots, quizá no estaría mal reconocer a esas mujeres invisibles que también sostienen la fiesta fuera de los focos. Porque a ellas no las llamará nadie para darles las gracias ni para hacerse la foto de rigor. En realidad, una pensión adecuada a las horas de trabajo sería lo más justo.

Lo demás —reconocimiento, igualdad, visibilidad— sigue pendiente cuando se doblan las pancartas del 8M y la ciudad queda atrapada por las fallas. Unas fiestas que también se apoyan en figuras ocultas que habitan en balcones sin glamour ni vistas privilegiadas a la mascletà.


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